La sociedad necesita de buenos profesionales en todas las enseñanzas y carreras, pero, fundamentalmente, precisa de políticos con alma de estadistas. En esta profesión, mandar y actuar, aparte de que constituyen un derecho de quien ostenta la calidad de gobernante, hay que entender, a mi juicio, la presión o influjo que aquéllas producen en el cuerpo social. Creo que la política debería constituir una carrera profesional a partir de la obtención de un título universitario, para estar seguros de que estas personas tienen una idea clara de la concepción física del mundo en que se vive, palpando y conociendo sus realidades; lo contrario, que es lo que ocurre normalmente, que cualquiera -obtuso y romo para la política- medre a la sombra del tiempo de estancia en un partido. No debe extrañarnos, aunque sí cabrearnos, que verdaderas nulidades se encumbren en puestos básicos de la política; de ahí que las cosas marchen tan mal en esta parcela.
Cualquiera que forme parte de una clase gobernante, si no posee una imagen ordenada de los grandes problemas que aquejan una nación e ideas precisas para enfrentarse a ellos en busca de soluciones, es un perfecto inútil. Los partidos suelen abrir las puertas a intrusos, sin acervo ni cualidades, a mil leguas de la persona idónea para ocupar un puesto de responsabilidad. Como no se halle compensado con dotes excepcionales, es inverosímil que un político pueda ser bueno en esta profesión, porque es seguro que sus ideas y actuaciones estarán repletas de lagunas. Y el desmoronamiento de nuestra España, y dentro de ella de Asturias, es el resultado de la invisible preparación de muchos de nuestros gobernantes.
Pero existen, en la vida política -y esto ya lo he manifestado de forma reiterada- dos componentes que obnubilan las mentes de nuestros repúblicos: la intolerancia y después la ambición. Los partidos políticos que sus dirigentes hacen primar, anteponiéndolos al bien común, tratan de destruir al oponente, empleando toda clase de medios. En primer término, algunos no digieren derrotas impensadas y cuando la realidad los pone en su sitio (lugar que no creían posible, ni lo deseaban) patalean y buscan la forma de acosar y derribar a quien, legítimamente, ha ganado unas elecciones de manera clara y definitiva.
Así, partidos de la oposición, antagónicos, sin embargo, heridos por su derrota electoral, se coaligan para que no le sea posible gobernar al partido ganador, con el resultado tremendo que ahora se convoquen próximas elecciones, echando por tierra las expectativas de los asturianos que en el mes de mayo último depositaron su confianza y esperanza en una formación política de reciente creación, comandada por un acreditado político nacional.
Las circunstancias que rodean al acto son de sobra conocidas: por mi parte, las valoro poco éticas, ya que nacen de una actitud canibalista en busca del descrédito y desaparición del partido elegido mediante sufragio por una gran mayoría de las gentes del Principado, que repetidas y, además, haciendo oídos sordos a propuestas concretas, se han empecinado para proclamar una posible incapacidad para manejar los asuntos de gobierno. Esta finalidad, subjetiva, pero interesada para sí, retrata justamente a quien la realiza.
Hay, por otra parte, quien va a pagar las consecuencias: la gente común, los sin trabajo, los que habiéndolo tenido están ahora en el paro formando parte de esos 90.000 desesperados. En días sucesivos, vamos a leer y escuchar en los medios de comunicación diversidad de puntos de vista de la oposición -todos ellos negativos para el Gobierno asturiano en el poder- que no constituyen otra cosa que tratar de no aparecer como culpables de este desaguisado, al que, por mucho que deseen disfrazar, han contribuido con su mala e injusta forma de actuar a defender intereses partidistas, en contraposición con el ideal de servicio a la sociedad a la que pretenden representar. Los damnificados vamos a ser los asturianos de a pie, que observamos cómo, por una forma de actuar irregular, se están produciendo hechos que van a demorar la ansiada recuperación de la comunidad autónoma en todos los órdenes.
Un político profesional aprovecharía todas las coyunturas para trabajar en pro, no en el de sus propios intereses, sino los de la colectividad, por cuyo motivo, en vez de huir sistemáticamente de pactos o alianzas que promuevan bienestar, debería obligarse a conectar con el contrario, para, juntamente, acceder a curar aquellas facetas de la sociedad que precisen de remedios urgentes, y ello, sin reserva. La grandeza de un proceder semejante seguramente sería remunerada; mas la mezquindad de que se hace gala en el presente ha de ser tenida en cuenta por los votantes el próximo día 25 de marzo, para castigar como se merece la falta de criterios y acciones para paliar las vicisitudes por las que atraviesa nuestra región. Políticos que se desconectan de la realidad, vinculándose únicamente a aquello que constituye su propio yo, indiferentes a la llamada urgente de muchos, están faltando a lo que constituye su razón de ser: la utilidad o beneficio a la comunidad. Los asturianos advertimos que lo que queremos son dirigentes ecuánimes, honrados, preparados y justos.
No lo olviden, porque ese es nuestro derecho y lo vamos a ejercer a través del depósito de nuestro voto.