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El llugarín

Oviedo

El llugarín

02.02.12 - 02:37 -
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Las ciudades, todas, tienen su personalidad, aunque desde mi punto de vista parece que poco a poco la van perdiendo, pues la uniformidad que la globalización facilita hace que cada día todas se vayan pareciendo cada vez más y no son los grandes edificios, las obras gigantescas las que las diferencian, si no al contrario, los pequeños restos que guardan de su pasado son los que encierran la huella de lo que un día fueron.
No quiero aquí defender los tugurios sucios e infectos que en muchas ocasiones son el postrer resto de lo que un día eran barrios de trabajadores, de casas modestas, limpias y que el transcurso de los años ha convertido en refugio de ratas y cobijo de marginados. Pero sí me gustaría saber porqué las cosas llegaron a ese punto. Qué políticas se hacen para que la situación sea esa y qué políticas se deberían desarrollar para que el resultado fuera distinto.
Oviedo no resulta diferente a la mayoría de las ciudades que conozco, casi diría que es una muestra destacada y paradigmática de cuanto comento, pero aquí aún tenemos retazos que pueden ilustrar cuanto les digo.
Los mayores tenemos ciertas ventajas: no tenemos necesidad de caer en la negrura del paro para disponer de algunas horas libres cuando la mayoría de las gentes están trabajando y son esas horas las que te permiten recorrer rincones de la ciudad que merecen ser visitados y que muchas veces se nos pasan desapercibidos, porque no son lugares de relumbrón o no están situados en las zonas de mayor tránsito.
Hace unos días, paseando por las calles que están tras el colegio de los Dominicos, me encontré ante el cartel anunciador del Bar El Llugarín y en mi memoria se despertaron viejos recuerdos de la niñez, cuando acompañaba a mi padre, en el carro del reparto de la lejía que mi abuelo fabricaba en la Ciudad Naranco. Al pescante del carro, con las bridas en la mano, conduciendo con suavidad al 'Tordo' a la atardecida, algunos días a la semana llegábamos al Llugarín que de aquella era una tienda bar situada en las afueras de la ciudad, con su parra dando sombra a la entrada, cubriendo unas mesas de un modesto merendero rodeado de prados y huertas, nada que ver con el mismo bar en la actualidad situado en una calle como tantas otras, en un edificio como tantos otros, que lo mismo que está en Oviedo podríamos encontrarlo en Berlín, en Pekín o en Lima. Quizá fuera lo mismo hace cincuenta años y la diferencia se encuentre en mí y no en la normal evolución de las ciudades y de sus habitantes y sus negocios.
Pero algo hay que conserva todo el calor del recuerdo: el nombre, El Llugarín.
Bueno, aún estamos en Oviedo, la capital de Asturias, donde la gente, aunque vaya perdiendo la memoria de la vieja lengua, aún guarda los nombres de los lugares, los viejos nombres que nos eran propios. Los que nos dan una personalidad que es la nuestra, lo que nos diferencia, lo que impide la uniformidad y la confusión.
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