Yo no sé si Cascos es jugador de mus. En caso afirmativo, lo hago más propicio al órdago que al tran tran. Esta tipología de jugador impetuoso puede impresionar de salida, pero se revela de muy dudoso rendimiento a medio y largo plazo. Se le suele calar más bien pronto que tarde.
En política, el protagonista de la acción nunca gestiona solamente sus propios intereses, ni siquiera los de su partido. Siempre hay una colectividad de administrados, votantes propios y ajenos, tras el gobernante de turno, el cual no puede, o al menos no debe, gestionar los problemas de fondo, y forma, como si fueran exclusivamente suyos y no de la colectividad. En otras palabras, al gobernante no se le paga por tener razón en sus planteamientos y sus proyectos, sino por ser capaz de llevarlos a la práctica, al plano de la realidad y de los hechos.
Para ello, las convicciones pétreas, el orgullo ensimismado y la rigidez en la maniobra no son el mejor equipaje estratégico. Al contrario, la flexibilidad para la negociación, la frialdad para postergar la propia visceralidad frente a inevitables agravios y frecuentes navajeos, la capacidad de pacto y transacción y hasta el sentido del humor son ingredientes imprescindibles para llevar a término los objetivos.
No es la primera vez que la derecha política regional escenifica su incapacidad de entendimiento ante toda la audiencia cuando, unida, disfrutaba de holgada mayoría parlamentaria y, en ambas ocasiones, se repite el protagonista. Podemos repartir culpas y responsabilidades de este desencuentro según nuestras respectivas preferencias, pero quien gobierna es quien tiene la carga, para bien y para mal, del compromiso con la ciudadanía. Así que hay elecciones de nuevo porque han sido incapaces de entenderse, pero, ante la improbabilidad de una próxima mayoría absoluta en el escenario postelectoral, tanto si se repite la actual situación como si aparece su simétrica, la necesidad de pacto volverá a ser imperativa y los mismos volverán a ser convocados para lo mismo.
De la talla política y humana de los protagonistas del fracaso en la concertación da idea el hecho de que, no ya en el fondo sino ni siquiera en la superficie, presentan mayores discrepancias ideológicas o programáticas entre sí. Demasiada testosterona por ambas partes, demasiado liderazgo. La imagen opuesta, por cierto, de la que el pasado martes, se proyectaba desde Mareo: una destitución, es decir, un suspenso, un despido, una ruptura, en la que el afectado, lejos de descender, asciende en estima y consideración. Del banquillo, con su connotación jurídica, a los altares.