Hay ciertas cosas que no parecen reales hasta que las cuentas. Levantarse muy temprano, encontrarse con un hermoso día, desayunar, dirigirse al trabajo, soportar la mañana en la oficina, salir al mediodía, comer solo en un restaurante, tomar una copa, y con la segunda decidir que no vas a volver a esa oficina. Me quedé allí, bebiendo, un trago tras otro, anestesiándome de anhelos insatisfechos, frustraciones diarias, soledades, hipocresías, heridas y culpas. Cuando acabé con la cuarta copa, me fui a un cajero para sacar dinero, y luego a pasear por un parque antes de buscar otro bar. Me iba abandonando poco a poco el efecto del alcohol, cuando la vi. Había poca gente, y ella destacaba por su cabello negrísimo y su piel blanca y fina, como papel de fumar. En ese instante me pareció como si alguien hubiese cortado los hilos a la normalidad, lo que la hacía verosímil, y ella apareció como un enigma. Me puse a seguirla, del parque pasó a una avenida rebosante de gente; a medida que transcurría la persecución, al no poder refugiarme en el menguante efecto de la bebida, tuve una iluminación, una certeza. Aquel enigma primero iba desvelándose como una consolación, era la belleza de aquella mujer, su pureza la que me salvaría de toda la demolición general a la que nos sometía la existencia; ella era, efectivamente, una absolución. Sin perderla de vista, fui cada vez más consciente de que para que todo aquel perdón fuese vertido sobre mí debía tocarle una mejilla, no supe porqué, pero tenía que ser así, tocársela, acariciarle aquella piel nívea, resplandeciente. La chica se detuvo en un semáforo y me miró, supo que la seguía, pero yo también supe que era de las que no se asustaba fácilmente. Continuamos aquel juego, ella caminando cada vez con más premura, echando rápidos vistazos hacia mí, hasta que se detuvo en el siguiente semáforo. Yo no podía retrasar más el encuentro y me puse a su altura. Y se lo dije, no podía no hacerlo, procuré que mi voz sonase suave, sin trazas de ansiedad: sálveme, señorita, solo usted puede hacerlo, sálveme. Vi que ella, incomprensiblemente, se asustaba, y cuando cambió el semáforo, cruzó la calle acelerando el paso, pero yo me situé a su lado, manteniendo su ritmo y repitiéndole, sálveme, señorita, por favor, sálveme, no hay nadie más en el mundo que pueda hacerlo. Saqué la cartera y se la mostré sin aflojar el paso, le pagaré si así lo desea, mire, tengo dinero de sobra, solo tendría que rozarle la mejilla, con eso bastaría, solo eso, no le pido mucho. Ella me soltó un exabrupto y comenzó a correr, ahora realmente aterrada, y yo comencé a correr detrás, sin comprender por qué no podía entenderme, era tan fácil advertirlo, ser consciente de que solo ella podía absolverme de todos mis pecados, limpiarme de todas mis culpas, hacerme olvidar todos los ideales que no se cumplen. Y ella cada vez más espantada, más temblorosa, acelerando más el paso, y yo detrás, con la cartera enarbolada en la mano, dejando un rastro de billetes, adentrándonos entre el gentío...