«No me escapé de España porque creyera que no podría hacer una carrera aquí»
Nació en Gijón cuando ya comenzaba a declinar el verano de 1989, un 14 de septiembre. Y acaso podría decirse que Álvaro Rodríguez Piñera nació de pie. O al menos en el seno de una familia que le iba a procurar las condiciones para que un día se pusiera de puntillas en los escenarios del mundo. En estas fechas, ha regresado a su ciudad natal desde Burdeos, donde el 26 de octubre de 2011 le nombraron solista del Ballet de la Ópera, después de cuatro años y medio de duro trabajo, que el arte no es sólo inspiración, sino un constante aprendizaje hasta alcanzar el vuelo. En periodo de ensayos, sus jornadas son equivalentes a las de un trabajador corriente, ocho horas diarias. En época de giras o funciones, se amplía el cuadro desde las doce de la mañana hasta las once de la noche. Pero eso serían simples números. Lo que le importa es que está obligado -y entregado en cuerpo y alma-, por encima de los cambiantes estados de ánimo que le incumben como a cualquiera, «a dar el ciento cincuenta por ciento de mis posibilidades en cada espectáculo». Por sí mismo y por el respetable: «Da igual el cansancio, o que estés triste o no, eso ha de pasar inadvertido para el público, que asiste a las obras para soñar en el ambiente mágico que tú has de crear».
Volvamos atrás: «Mi familia es de clase media. Y el lado artístico lo heredé de mi madre, que fue bailarina durante catorce años. Tuvo que dejarlo por circunstancias económicas. A cambio, se convirtió en mi impulso, con el apoyo de mi padre y de mi abuela».
La Academia Karel sería el punto de partida, no sin algunas reticencias previas, pues «la secretaria nos dijo que no admitían chicos». Frutos de una sociedad hemipléjica. Intervendría la directora de la Academia Karel, Carmen Elvira, para deshacer el entuerto. Y Álvaro Rodríguez Piñera pasaría a ser el segundo alumno de aquellas aulas, barras y espejos, junto al propio hijo de Carmen Elvira.
Ya decíamos que la sociedad, pese a que corriera la última década del siglo XX, todavía guardaba recelos. «En el colegio me miraban como a un niño raro. No llegué a sentirme discriminado, pero tuve algunos problemas con los compañeros». Nada que empañara una vocación firme, que se consolidaría en la tarde que acudió junto a su madre al Teatro Jovellanos, «al gallinero», para contemplar la representación de 'El Lago de los cisnes'. «Me quedó una impresión inolvidable».
A los quince años, el destino vocacional le empujó a Madrid. Vio los colmillos de la gran metrópoli y, sin embargo, supo «que no me quedaría a medias». Con todas las dudas de la edad y la incertidumbre del futuro, arriesgó en la apuesta del todo o nada. Por las mañanas, en el Real Conservatorio de Danza, en el que la directora, Virginia Valero, le orientó hacia la danza clásica. Por las tardes, concluyendo el bachillerato artístico. Tres años de intensa aplicación, previo paso a las audiciones que comenzaría a realizar por Europa. «No me escapé de España porque creyera que no podría hacer una carrera aquí, pero es cierto que las producciones y proyectos solían ser de vida breve, salvo en la Compañía Nacional de Danza, en la que las plazas eran muy escasas».
En medio de una entrega tan absorbente por el baile, ¿existía un espacio para la vida personal? Él dice que sí, en cuanto se refiere a la etapa de estudiante en Madrid. Más ardua es la travesía actual, con sus responsabilidades profesionales. «Hay semanas en las que sólo dispones de un día para recuperarte». Confiesa un asomo de «añoranza por no haber sido un chico que preparara una carrera normal». Es sólo la evocación de fugaces momentos de vulnerabilidad, «cuando el cuerpo ya está en la reserva».
¿Para alcanzar la condición de solista en un ballet tan prestigioso como el que tiene el elenco de la Ópera de Burdeos es necesario algo más que un talento sobresaliente? No es pregunta vana. «A los seis meses de llegar, me eligió el director, Charles Jude, para el papel de Teobaldo, de 'Romeo y Julieta' (Charles Jude fue el heredero artístico del majestuoso Rudolf Nureyev). El noventa por ciento de la compañía me retiró el saludo. A veces, es difícil la convivencia y la supervivencia. Especialmente, para mí, que tengo una educación religiosa cuyos principios me impiden pisar a nadie. Lo solucionas encerrándote en ti mismo. Es lo que peor llevo».
De Teobaldo -que asimismo fue un rol predilecto de Charles Jude-, ha realizado veinte funciones. De 'El lago de los cisnes', que le embelesara en la infancia en el Teatro Jovellanos, le ha correspondido la encarnación de Rothbart. Y apenas unas semanas atrás, se invistió en China -en la Ópera de Pekín y en la Ópera de Guangzhou, cercana a Hong Kong- de príncipe de 'Cascanueces' y de Romeo -el paso a dos del balcón-. Aguarda por la representación completa de Romeo, con el que «siempre he soñado, porque lo tiene todo, artística y técnicamente, va con mi personalidad y me permitirá dar lo mejor de mí». Siempre un paso más allá.
Estos días de descanso en Gijón, «respirando el mar», tampoco son ajenos a su pasión vertebral. Imparte un curso de Ballet y Repertorio en Oviedo, en Elisa Escuela de Danza. Observa la lenta evolución que en Asturias se ha producido en este terreno, destacando el Conservatorio de Danza Clásica de La Laboral y lamentando, por otro lado, que «no se hayan aprovechado las muchas capacidades que hay aquí». Piensa, por ejemplo, en su madre, a quien en ocasiones desborda la emoción cuando va a sus espectáculos, plenamente feliz y con un ribete de nostalgia, viendo que sus sueños se han cumplido en su hijo. Álvaro asegura que al final de su periplo, avanzado el siglo, quiere traer el equipaje de su experiencia a Asturias. «No me olvido de donde vengo».