A veces, la realidad es cruda, o cruel, o dura. El tiempo que se avecina lo ha sintetizado Rajoy, que confiesa estar viviendo en el lío, con frase lapidaria: «Esto es duro, pero ahora viene lo más duro». Una forma sibilina de dosificar el miedo y fortalecer la resignación de los que llevan sufriendo meses y años la dura realidad. ¿Es la trampa del miedo? Lo explicaba José Luis Rodríguez Sampedro en reciente entrevista, desde su sabiduría casi centenaria y lúcida: «El gobernar a base de miedo es eficacísimo: usted amenaza a la gente con que los va a degollar, luego no los degüella, pero los azota, los engancha a un carro., y entonces se dice 'Virgencita, que me quede como estoy'».
El miedo tal vez fuera el primero de los males que saltó al mundo desde la caja que abrió Pandora. Dentro, solo se pudo retener la esperanza. Valga como metáfora, para lo que nos ocupa aquí, la esperanza del enganchado al carro que, mientras camina, anhela alcanzar el horizonte, que, por su propia razón de ser, se aleja; mejor dicho, se lo alejan: tanto tiempo de recesión, tantos años para empezar a crecer, tantos para empezar a crear empleo.
Llevamos caminados tres días de un febrerillo que ha entrado con temperaturas bajo cero y alocado de malas noticias y ya ha pasado mes y pico de un año bisiesto. Para este, el refranero es pródigo en negros y gruesos nubarrones: 'Año bisiesto, año siniestro'; 'Año bisiesto, hambre en el cesto'; 'Año bisiesto, pocos huevos en el cesto'... Los paranoicos de la numerología del calendario no debieran hacer profecías, que ya bastan y sobran con la que anuncia el fin del mundo para el año en curso. Las estadísticas del presente ofrecen cifras mondas y lirondas: Uno de cada cuatro españoles ha cruzado el umbral de la pobreza. Y ni siquiera tienen la negra suerte de estar enganchados al carro porque la crisis los ha dejado mano sobre mano. ¿Y qué pueden hacer si «la cólera del pobre -decía el poeta peruano- tiene un aceite contra dos vinagres»?
En Asturias, donde los parados se acercan a 100.000 y 130.000 son los pobres de solemnidad, el jefe -en lugar del pueblo soberano- acaba de gritar ¡A las urnas! El grito es, al tiempo, un 'ábrete, Sésamo' del arca común para que escupa una cascada de tres millones de euros en gastos de la campaña electoral. En el poema de Ángel González, el grito venía del pueblo llano, y el jefe lo confundió con '¡A las armas!'; así que, como era corajudo, mató hasta con decretos. Después, dice el poeta en los dos versos finales, «Inmóvil mayoría de cadáveres / le dio el mando total del cementerio». Por ahora, las cuerdas 'bozales' -el adjetivo es de Jerónimo Granda- están asordinadas por el miedo, mientras rezamos resignados 'Virgencita, que me quede como estoy'.