Amando de Miguel es bien conocido de todos por su extensa labor en el campo de la sociología, pero quizá no lo sea tanto en lo que se refiere a su actividad en el mundo de la literatura de creación. Y sin embargo, en todas sus incursiones en el género narrativo se ha mostrado como un autor de gran capacidad argumental, sugerente en sus planteamientos y con esa prosa elegante y precisa que le caracteriza. Su última, por ahora, novela, 'Judíos en la ciudad de los ángeles', viene a demostrarnos sus cualidades para describirnos una realidad sometida a elementos inmateriales sin que por ello el conjunto pierda homogeneidad, ni siquiera verosimilitud.
La ciudad de los ángeles es Madrid, y no sólo por atributos objetivos -es, por ejemplo, la única ciudad del mundo que erigió un monumento a un ángel caído- sino por otros derivados del propio armazón interno que sostiene el argumento de la novela. Un joven profesor universitario y una médica, veinte años mayor que él, inician una relación a través de internet, llena, como siempre en estos casos, de falsas referencias. Cuando por fin se conocen personalmente se dan cuenta de que hay algo muy poderoso que les une e inician juntos una sorprendente aventura. A partir de entonces, la narración entra en dos planos bien encardinados entre sí. Ya están lejos los postulados objetivistas y aun más las pretensiones liberadoras de lo que se llamó novela social. Aquí la realidad se entremezcla con el símbolo, que no tiene por qué ser mágico, y el lector asiste a una historia en la que él bien podría ser uno de los protagonistas.
Habrá quien advierta en la novela una crítica del ambiente universitario español, de la burguesía y de una cierta intelectualidad sometida a una determinada línea política. Por supuesto que sí, pero también de las convicciones carentes de análisis y de las creencias mantenidas sin el amparo de un trabajo previo de investigación. Amando de Miguel no puede ocultar su condición de gran ensayista, y de hecho lo que subyace en el fondo de la novela es un ensayo, pero consigue que no afecte a la línea narrativa. La tensión no decae ni un momento; más bien va creciendo hasta el desenlace final. Y cuando éste se produce comienzan las preguntas del lector.