Vivimos en una Iglesia en continuos cambios, en muchas ocasiones pro- movidos por los cambios que se dan en la misma sociedad. Porque ahora, como hace siglos, la clase política quiere controlar a la Iglesia y muchos clérigos lo aceptan para vivir como reyes. Ante esta situación, la Iglesia, pueblo del Dios, tiene que retomar sus orígenes y vivir según el Evangelio, aunque sea difícil reconocer el camino.
Jesús dice a sus discípulos que no lleven peso, que su signo visible es la Cruz vivida con el prójimo y que deben ser luz en el mundo sin privilegios para nadie. Seglares y religiosos somos testigos de un Evangelio en una sociedad donde se da mucha importancia a los signos externos, a las formas, donde se mira el humo sin fijarse en el fuego. Estamos en una sociedad en la que «lo que no se ve, lo que no está en internet, no existe». En esta sociedad de las apariencias, la Iglesia no puede hablar, opinar o escribir para que guste a los de derechas o a los de izquierdas, a los de arriba o a los de abajo, a los de una cofradía o a los de otra. No debe guardar las apariencias para quedar bien y ser aplaudida. Para ser aplaudida, en muchas ocasiones, lo más fácil es callar.
Jesús no necesitaba ropaje especial. Se distinguía por su coherencia y hasta sus enemigos reconocían que hablaba con autoridad. Siempre cercano a los más pobres, a los enfermos, a los marginados... Seguir su ejemplo hoy día puede resultar difícil porque estamos en una sociedad desorientada, y eso nos puede llevar a la tentación de pensar que «lo mejor sería quemar todo lo que no nos gusta y nos parece malo». Pero antes de quemar a nadie, debemos arder nosotros en nuestro propio fuego para que, renovándose cada uno, se renueve la sociedad; no cambiaremos nada a través de la imposición, porque los cambios impuestos son superficiales, transitorios y artificiales. La conversión en la Iglesia debe empezar por nosotros, desde las más altas jerarquías hasta el último de los que nos decimos cristianos.
Y no olvidemos que cuando no somos fieles al Evangelio, no vale justificarse diciendo que estamos en una sociedad que ha perdido los valores fundamentales, en una sociedad que se ha vuelto materialista, hedonista y superficial. Una de las causas del rumbo de esta sociedad puede ser que los cristianos nos justificamos para quedarnos quietos: ¿Qué puedo hacer yo solo? Si somos fieles al Evangelio, debemos buscar sin miedo la raíz de los problemas, analizarlos y llegar a un buen diagnóstico para un tratamiento eficaz. Predicamos el mensaje de Jesús: ser luz y ser servidores; pero si el servidor se comporta como un príncipe., ¿quién corrige al servidor?
El Evangelio debe llevarnos a una fe sosegada y pacífica, a una fe llena de caridad, comprensión y perdón. En este sentido, aunque lo importante es el fondo, también debemos guardar las formas usando el lenguaje del Evangelio y evitando las beligerancias, los enfrentamientos y las condenas. Es más propio hablar desde la lámpara, la levadura, la luz y la sal de la tierra.