Si la memoria no me traiciona, que es posible porque escribo estas líneas en un lugar donde ni hay conexión a internet ni una enciclopedia a mano, el gaditano Rafael Alberti y nuestro paisano Alejandro Casona vinieron al mundo con solo tres meses de diferencia. Del nacimiento del poeta de El Puerto de Santa María se cumplirán, a finales de año, once décadas y poco después ocurrirá lo propio con el dramaturgo de Besullo.
Traigo este recuerdo a colación no ya por mi confesada admiración hacia estos autores, aunque nunca se haya hecho suficiente justicia con Casona, también miembro de la Generación del 27 y próximo a Lorca en no pocas de sus obras, sino por los títulos de dos de sus libros, referidos a la desaparición de los árboles. Alberti escribió 'La arboleda perdida', sus memorias iniciadas en Buenos Aires, en el exilio, y que llegaron a constituir hasta cinco libros editados en tres volúmenes y que abarcan casi hasta el final de su vida. Don Alejandro, como nos es conocido y familiar, también estrenó en la capital argentina su drama -y farsa- 'Los árboles mueren de pie', de la que igualmente se hizo una película que confieso no haber visto nunca.
Si siguiéramos con las referencias literarias al mundo vegetal, al bosque, podríamos hablar de centenares de creaciones con títulos o inspiración relativos a arbolados y arboledas. La diferencia, como siempre, es que hay recursos literarios muy manidos frente a construcciones originales y alejadas de los lugares comunes.
Y un lugar común -entro en materia- es la crítica a la convocatoria de elecciones anticipadas en el Principado de Asturias, desde el argumento del despilfarro en tiempos tan requeridos de austeridad institucional. Ahora, quien me lea, entenderá la razón del título que encabeza estas líneas. Y por si no quedara claro, recuerdo las palabras de doña Pilar Gallego, exsubsecretaria del Ministerio del Interior, y de don Félix Monteira, exsecretario de Estado de Comunicación, quienes, dando cuenta del coste de las elecciones generales que iban a celebrarse el pasado 20 de noviembre, se congratularon, con razón, del ahorro conseguido con respecto a los anteriores comicios de 2008, al pasar de más de 131 millones de euros a 124. Una parte no desdeñable de esa reducción provino de haberse impreso 525 millones menos de papeletas (con sus correspondientes sobres). Las cifras oficiales finales acreditan que, hace cuatro años, salieron de la imprenta más de 935 millones de candidaturas y hace unas pocas semanas se estamparon menos de 340 millones. Números, en todo caso, que asustan. Hasta el punto de que los anteriores responsables de la logística electoral quisieron ser tan gráficos como ecológicos: se había evitado talar once mil árboles. Por cierto, justamente la mitad de los que, según investigó Joaco López, con base en datos del Conde de Toreno, se cortaron en Muniellos entre 1768 y 1775 en una sola explotación.
Me alegro de que no se pierdan arboledas y de que nuestros árboles se mueran milenarios, no por hachas municipales, como la del alcalde Longoria con el Carbayón o por la desidia política o eclesiástica, como ocurre con algunos de nuestros texos. En todo caso, cuando se habla de impedir el exterminio de once mil tallos y sus ramas, no se nos dice el tamaño estándar del que se saca la media: si es un bonsái irrisorio o es el olmo centenario de Machado.
En suma, alabando toda llamada al reciclado de papel (que sigue sobrando a toneladas, porque teóricamente hay que dar las mismas oportunidades a los grandes partidos que a cuatro amigos que logren presentar candidatura), a la reutilización de urnas y cabinas, creo que el problema de la deprimida Asturias no está ahí. Que un censo electoral inferior al millón de personas (85.000, residentes ausentes) tenga que volver a pasar, una vez más, por unas 1.600 mesas electorales, no es un drama. ¡Quién nos hubiera dado esas oportunidades antes de 1977! Es cierto que abonar nuevamente más de dos millones y medio de euros (uno para los partidos que logren representación), merece una recapacitación que debe ser hecha en sede legislativa estatal y autonómica. Pero, repito, el problema mayor no es ése. Necesitamos un gobierno sólido y responsable que nos ayude a salir de una patología que tiende a hacerse crónica y consustancial al Principado.
Nos pasamos muchos años en Asturias -y otras comunidades de autogobierno limitado- esperando una reforma que permitiera la disolución anticipada del Parlamento regional y ahora, que ante la incapacidad para entenderse de los partidos de derecha, se dan las circunstancias para estrenar esa facultad estatutaria, nos escandalizamos y traemos a colación la tragedia del paro, la prima de riesgo y el penúltimo rescate de Grecia. No me parece serio.
Más que de arboledas creo que hay que hablar del riesgo de ocasiones perdidas. Quizá a algún partido, tradicionalmente hegemónico en el país asturiano, haya venido el dios de las urnas, cuyo nombre ignoro, a verle. Ha tenido una aparición (no mariana, porque al señor Rajoy no le ha gustado nada esta convocatoria) y tal vez la desaproveche. En otra ocasión escribí sobre lo que es obvio o debiera serlo: que las listas cuentan y no solo la cabeza de cartel. Y mientras algunos ya piensan en cortar incluso esas cabezas y sacar la de repuesto de la hidra del aparato, otros parece que no quieren mover ficha pese a los penosos resultados de las dos últimas citas electorales.
El tiempo dirá, a no tardar, quién ha actuado con más ambición e intuición política: si quien disuelve buscando gobernar más cómodamente; si quien aprovecha la ocasión para cambiar el liderazgo o si quien, tras el congreso sevillano, sigue pensando que lo mejor es dar la imagen de que se ha acertado con la candidatura y que es el pueblo quien, en un error que puede subsanar, se equivocó de papeleta.
Aquí los árboles sí dejan ver el bosque. Animado, por supuesto.