Antes, ir al fútbol era una rutina a la que uno estaba acostumbrado. El partido formaba parte de algo cotidiano, anodino, había perdido esa sustancia, ese sabor que había hecho que el balompié fuera algo especial en mi vida. Mis compañeros de grada seguían los avatares de mi amado Sporting como siempre lo hemos hecho, con pasión.
No obstante, este equipo, del que todos formamos parte, carecía de todos aquellos alicientes y valores que nos 'engancharon' desde pequeños. Pasamos de ver a los grandes hincar la rodilla en El Molinón a contemplar cómo casi 100 años de historia se iban al garete haciendo el mayor de los ridículos clasificatorios en la Liga de las Estrellas. El fútbol moderno acampó en España y el Real Sporting deambulaba por estadios a medio construir, por pueblos innombrables imposibles de ubicar en un mapa, jugando contra equipos que antes ninguneábamos y ahora nos quitaban jugadores por doquier.
Cumplimos cien lustrosos años y casi no podemos ni soplar las velas. Solo unos pocos pero locos aficionados irreductibles tuvieron los arrestos para organizar un evento tan señalado en el que quienes han de tomar decisiones sólo fueron capaces de hacerse fotos y otorgar premios inmerecidos a sportinguistas de boquilla. Nos vimos, pues, casi fuera del fútbol. Fuera de todo lo que amamos, sufrimos e incluso anteponemos a aspectos realmente importantes para otros. No para nosotros. Todo eso fue antes.
Antes de que un señor con bigote llegase a una ciudad que se moría junto a su equipo de fútbol que otrora enaltecía como estandarte de una cultura en blanco y negro grabada con letras de oro. Aquí nadie quería venir. Y entonces llegó él. Y todo cambió.
Y cambió porque comenzamos a ganar. Y comenzamos a sentirnos orgullosos. Y volvimos a disfrutar. Como nunca antes lo habíamos hecho. Y viajamos, como siempre viajamos, pero en mayor número. Y empezamos a poblar las gradas vacías, que ahora rugían como nunca. Y seguimos ganando. Y sufriendo. Y disfrutando.
Y la Santina volvió a estar de nuestro lado. Y la suerte volvió a sonreírnos. Ahora no nos era esquiva. Y este señor, con sus defectos y virtudes, nos hizo tocar el cielo en una fecha que nadie que se precie podrá olvidar jamás. La ciudad entera se echó a la calle y con ella toda la región. Una tierra que estaba triste, recuperaba un motivo por el que sonreír y sacar pecho.
Y volvimos a ganar a los grandes. Sufrimos, pero ganamos. Las victorias sabían como antaño. El fútbol volvía a ser fútbol en un momento en el que ya casi nadie sabe lo que significa este deporte. Nosotros sí conservamos esa autenticidad. Volvimos a ser el Real Sporting de Gijón. Y aquel señor de bigote lo había conseguido con pocos conocimientos, mucho corazón y casta. Eso nos identificaba plenamente. Aquel señor era el artífice de toda esta magia. Aquel señor había logrado que El Molinón se pusiera guapo y limpio. Nuestra imagen era intachable. Nuestra gente, envidiada. Eso lo había conseguido aquel señor.
Hoy, este señor se va de nuestro banquillo. Se va el timón de un barco que navegaba, que no es poco. Y como a mí me educaron en el agradecimiento a quien te hace feliz, hoy sólo puedo estar triste porque se va alguien que me ha devuelto la ilusión por algo que forma parte de mi vida desde hace mucho. Parte importante.
Por ello no puedo hacer menos que expresarle mi gratitud infinita, así como mis mejores deseos para un futuro en que, estoy seguro, nos seguirá muy de cerca. Porque él se lo merece. Porque ha de recibir al menos lo que me ha dado. Y eso es mucho. Y por demostrar que se puede ser un señor en este mundo de fantasmas y gentuza con traje y corbata. De gente que es tan pobre que sólo tiene dinero. Nosotros no lo teníamos antes; ahora, un poco más, gracias, sobre todo, a él.
Por eso, señor, te doy las gracias. Por ti seguiré apoyando a mi equipo a muerte. Porque me has devuelto el amor a una institución. Por ella irá mi aliento. Por ella y no por quienes con falsas lágrimas hoy te dicen adiós, mientras dan bandazos al timón que tú enderezaste. Ellos caerán del barco y se ahogarán, seguro. Tú, señor, estás ahora en buen puerto. Ahí llevaremos nosotros este viejo buque, no lo dudes. Entre otras cosas, porque te lo debemos.
Este señor se llama Manuel Preciado Rebolledo y ha sido uno de los mejores entrenadores de la historia del Real Sporting de Gijón.