Combate soledades, reparte carbón y leña troceada, recorre Asturias con su camión y conoce a todos sus clientes por su nombre y circunstancia. En estos primeros días de febrero la ola de frío -aunque no haya venido tan dura por Asturias como se preveía- lo ha tenido en marcha continua: tanto podía estar en la nevada Teberga como en las dulces vaguadas de Siero; tanto en el encrespado Quirós como en los dulces valles de Les Regueres. José Manuel Granda Encina, que siempre tiene una sonrisa y un dicho a tiempo, hace cuatro años que se dedica a llevar carbón a las casas. Si preguntas en cualquier pueblo de Proaza (o de los concejos que he citado) te dan en confianza su número de teléfono. Yo le digo que eso de ser carbonero suena a antiguo y él se ríe:
-Si ves la cantidad de gente que me dice que está arrepentida por haber quitado la cocina de carbón! -asegura.
El precio del carbón es más estable que el de cualquier otro carburante; y las cocinas de carbón -también conocidas por cocinas de Bilbao- no sólo elevan la temperatura de la casa, sino que sirven para cocinar (en la chapa o en el horno), calentar el agua y, quizás lo más importante, reunir la familia ante una especie de altar del recuerdo. Yo me he sorprendido a mí mismo charlando con mi abuelo, muerto hace ya diez años, mientras preparaba unas castañas; yo sabía que no estaba allí, pero estaba y se las arreglaba para indicarme cómo voltear las castañas para que no se quemasen ni quedasen poco hechas. Algún día tal vez mi hija.
Debería haber en Asturias un certamen de cocina tradicional en el que la cocina de carbón (o de leña) fuese la base. No sabe igual la comida: quien lo probó lo sabe. Un pollo barato de supermercado se convierte en un pitu de caleya a poco que se esmere uno en el arte de la lentitud. Vivir bien, a veces, significa vivir de una manera más barata y eficiente. Vivir no es otro que un oficio de paciencia. Las verdaderas 'delicattessen', muchas veces, están reservadas para los menesterosos hasta que los ricos se enteran y transforman esa verdad en un olor embuchado y pagado a precio de oro.
José Manuel, el carboneru, se marca todos los días una ruta. Hoy a Teberga. Mañana a Quirós. Dentro de tres días a Siero y, de cuatro, de vuelta por el Valle de Les Caldes hasta Trubia y donde sea. Su agenda va creciendo y, en el otoño, traspone el puerto y las chimeneas humildes de Babia (León) unen en una misma fumata aquellas brañas ásperas de allende y las más altas de aquende del concejo de Somiedu. Es muy consciente de su labor, una labor que no sólo consiste en llevar carbón sino comunicar y transmitir:
-¡Cuánta soledad -me dice- hay en el campo asturiano! Llego y me están esperando como agua de mayo! Mira, si de algo me siento orgulloso, es de los veinte minutos que echo con mis clientes charlando. Igual soy la única persona que ven en todo el día. Les llevo el carbón o la leña y mientras lo descargo todo compartimos opiniones, noticias, recuerdos de otro tiempo. Son gente muy sufrida, que trabajó lo indecible, y aún resisten.
Hay un libro muy hermoso, de Jaroslav Seifert, que se titula 'Toda la belleza del mundo'. Quien lo lee se convierte en alguien más feliz de lo que era. En uno de sus primeros capítulos se habla, como una imagen de la felicidad, de unas naranjas cubiertas por la nieve en el mercado de Praga. Hablando con José Manuel a mí me ha venido a la memoria, o no sé si al alma, también una metáfora cromática: el negro resplandeciente de la hulla, sólo un hilo que brilla como un río en la mano de un niño, sobre la nieve blanquísima del recuerdo. Y apunto lo que ya sé desde hace mucho tiempo: sobre el humo de las chimeneas se construyen los sueños que perduran.
Atizo mi cocina. Mi abuelo, apoyándose en el viento que golpea las ventanas, le dice a las yemas de mis dedos que poco a poco recobran el calor, algo que descifro entre líneas:
-Xuan: el mundo siempre es el mismo. Algunos se van, algunos vienen. Y los que quedan, al final, tienen el mismo final de los que se van o vienen; pero por lo menos tienen algo que contar.