La frase surge en un escaparate como una proclama, y asalta al viajero que pasea por las calles leyendo todo lo que sale a su paso y ésta le hace detenerse: 'Nada es cierto sin belleza'. Es el eslogan que figura como atracción publicitaria en un salón de estética. Belleza y nada. Nada y belleza.
Hace unos días, el viajero ha escuchado decir al escritor Álvaro Pombo, mientras recibía el premio Nadal, que su obra era una reflexión sobre la indiferencia que gobierna nuestra sociedad, y hacía para ello referencia a la primera obra ganadora de dicho premio, 'Nada', de Carmen Laforet. Al viajero le vino a la memoria aquel libro leído hacía ya unos cuantos años, cuyo título es a la vez síntesis de la obra; la nada, palabra que repetían los protagonistas como respuesta cuando se les preguntaba por algún conflicto o su simple estado del ánimo. Era un reflejo de la gris sociedad de la posguerra española, pero ese 'Nada', sutilmente disfrazado, sigue hoy marcando nuestra convivencia; en particular, aflora en las circunstancias de crisis que atravesamos. El viajero lo percibe en los rostros, en los gestos, en los roces, en una violencia contenida de las formas, que de vez en cuando escapa. Es el cainismo convertido en norma social. La supervivencia como el mayor arte vital. Donde la ciudadanía desciende ante la maquinaria incomprensible que nos gobierna y contempla al otro( al que se suele conocer de segunda mano o sobre la base de los prejuicios) como enemigo o competidor. La competitividad a ultranza, como un fin en sí mismo, no deja de ser una forma de destrucción social. Una sociedad compuesta por microcosmos que no son el planeta unipersonal de 'El Principito', sino que se asemeja a esos coches de choque que se estrellan unos contra otros sin más objetivo que ese propio estrellarse. Son las 'Nadas' cotidianas que se pasean con indiferencia por aceras grises, donde no parece existir mucho lugar para la belleza. Por eso, nos ofrecen una belleza adocenada, como una fórmula mágica de la felicidad contenida en un tubo de ensayo. Sonría usted, le quitamos unos centímetros de barriga o alguna arruga de la piel, así la 'Nada' puede sentirse relajada y feliz. Y quizás no sea del todo falso, pero no cree el viajero que este ahí la certidumbre de la belleza.
Porque la belleza ha sido desde sus orígenes, ambivalente. El ángel Azazel que la representó, según algunas tradiciones, fue el jefe de los ángeles rebeldes. El 'Génesis' explica que, una vez expulsada Eva del Paraíso, fue el que la enseñó «el arte de pintarse el contorno de los párpados con antimonio». Incluso se le describe en el libro bíblico como un demonio del desierto. Quizás por eso la belleza, cierta belleza, sea tan perturbadora.
Mientas el viajero regresa a su casa en el autobús, vuelve a recordar la frase: 'Nada es cierto sin belleza'. Y mientras contempla las luces de la ciudad, cada vez más lejana, piensa que quizás sea verdad. Nada es posible sin la rebeldía del ángel negro. Sin ella, solo la indiferencia y la 'Nada'. La cuestión está en hallar certidumbres en unos tiempos llenos de incertidumbre.