Justo un año después de que el Juzgado de Primera Instancia número 3 emitiera un fallo ordenando el cierre del bar Morgana, en la calle Cimadevilla, sus propietarios han bajado la persiana. Aún queda por resolver el último recurso, el que presentaron ante el Tribunal Supremo, aunque con el nuevo ejercicio no han querido esperar: tras una década de pleitos, los vecinos del número 17 han ganado la batalla.
Los ruidos que la pareja del edificio colindante soportaba cada fin de semana han provocado el cierre del local de copas, una decisión poco habitual. De hecho, en su recurso ante el Supremo la defensa de los propietarios, representada por el abogado Javier Cruz, alegaba que el cierre «es una medida extrema», que debe adoptarse en última instancia. Decía la alegación que no se habían explorado otras posibilidades, como hacer nuevas obras de insonorización que los propietarios estaban dispuestos a asumir. Nuevas mejoras porque ya habían realizado otras en el pasado.
Para entender la polémica hay que remontarse casi diez años atrás. Por esas fechas el pub Morgana inició su actividad, a la vez que Carlos Álvarez y su mujer Mercedes Rozas se compraron un piso en el inmueble aledaño. Empezaron entonces los problemas. Los vecinos acudieron al Ayuntamiento para informar de su problemática: la música durante las noches de viernes y sábado «era insoportable». Todo eran buenas palabras: «Lo estudiaremos», «les entendemos»... Los técnicos municipales de Medio Ambiente realizaron «más de 30 mediciones de decibelios», según los demandantes. La comunidad de vecinos recurrió a la vía judicial.
El 17 de septiembre de 2004, el juzgado emitió una sentencia condenatoria. Obligaba a los propietarios a abonar a los afectados 9.000 euros. Ambas partes recurrieron a la Audiencia Provincial, que en marzo de 2005 ordenó obras de insonorización en el local. Si no las efectuaban en el plazo de tres meses, el bar sería cerrado. Los dueños del local las ejecutaron, aunque con cierto retraso, según reconoce la última sentencia.
La actuación realizada, en cambio, no aplacó las quejas de los residentes. Volvieron a acudir a los tribunales con nuevas mediciones de ruido que avalaban sus tesis. En enero del pasado año, el Juzgado de Primera Instancia ordenó por primera vez el cierre del Morgana; y en junio, la Audiencia Provincial lo ratificó. El fallo describía que, «a pesar de la insonorización», los niveles de ruido superaban los reglamentarios: «hubo una variación de circunstancias, porque de algún modo se actuó sobre el local o su sistema, acerca de lo que la parte demandada no da explicación».
A otra zona
Durante todo el tiempo de pleitos, la propiedad del Morgana ha asegurado una y otra vez que sí cumplen con la normativa y que los ruidos registrados en la vivienda no proceden de su sala, sino de la discoteca Tribeca, al otro lado de la manzana. Quizás por eso han decidido mudarse. El socio propietario de las marcas acaba de abrir otro pub en la calle La Luna, haciendo honor a su nombre (la leyenda dice que Morgana era un hada familiar del rey Arturo capaz de cambiar de forma). Mismo nombre en otra zona, cercana también a El Antiguo. El local de Cimadevilla se destinará, previsiblemente, a otros usos.
Los demandantes ven cumplidas así sus pretensiones iniciales, aunque no todas sus demandas prosperaron. Tras recibir el primer fallo favorable se personaron también en el Juzgado de lo Contencioso Administrativo número 2. Exigían responsabilidad patrimonial al Consistorio por «su pasividad en el control del ruido de dicho establecimiento» y una indemnización municipal de 150.000 euros por daños y perjuicios.
Pero tras analizar el caso, el juez desestimó la demanda y concluyó que el Ayuntamiento no tenía responsabilidad alguna.