El 20 de diciembre de 2005, con motivo de seleccionar las obras que iba a aportar a la exposición 'La palabra y la huella', conmemorativa de los 25 años de los Premios Príncipe de Asturias, tuvo lugar mi último encuentro personal con Antoni Tàpies. El mismo día fue también la última vez que estuve con Joan Hernández Pijuan -ya herido de muerte por el ictus cerebral que días después le llevaría a reposar para siempre en su querido lugar de Folquer- con lo que esa fecha quedará grabada en mi memoria como la de la despedida de dos grandes amigos y dos inmensos artistas. Dos artistas, además, que siempre me han mostrado, para que yo pudiese transmitirla a los demás, una generosidad sin límites. Hace siete años se nos fue un maestro quizá más cercano; ayer se nos fue otro de rango universal. Se escribirán hoy, también en días venideros, infinitas loas a la personalidad del máximo genio del informalismo matérico, al creador de una amplia simbología, a la vez intrincada y comprensible, a uno de los artistas que mejor han sabido utilizar los desechos para sublimarlos en arte. Pero pocos podrán contar un aspecto íntimo como lo es el de la implicación en modestos proyectos con los que propagar, difundir y acercar a la sociedad asturiana el arte contemporáneo.
Esos proyectos -entre otros puntuales con la obra gráfica como protagonista- en los que Tàpies se implicó, casi siempre relacionados con Avilés y sus espacios expositivos, dieron comienzo -con la mediación del ya citado Hernández Pijuan, Joan Brossa, Lluis Riera y Francesc Vicens- en la primavera de 1980 en aquella austera Casa Municipal de Cultura, en la sala de exposiciones de la planta alta que tantos disgustos ocasionaba a más de un espectador al darse cuenta de que no había ni hórreos, ni bodegones con relucientes manzanas entre las obras expuestas. Pero ese es otro tema. Aquella exposición, titulada 'La década de los 70' reunía 18 artistas, lo que podría denominarse 'la crème de la crème' del arte contemporáneo español de aquellos años. En una mesa redonda donde se analizaba la década, como no podría ser de otra forma, la figura de Tàpies sobrevolaba en el ambiente y hasta en el cartel anunciador, José Francisco Álvarez Busto hacía uso del aspa, uno de los más obsesivos símbolos del maestro.
Dos años después, en la misma Casa de Cultura, se exponían, junto al cartel oficial diseñado por Joan Miró, los catorce representativos de cada sede en la que se iba a celebrar la Copa del Mundo de Fútbol de 1982. Barcelona, por medio del cartel 'Chut', era anunciada por Tàpies en una inequívoca muestra de sus maneras. Y otros dos años después, su contribución era un texto -la literatura fue otra de sus grandes aportaciones al mundo del arte y del pensamiento- dedicado a Dai-Bih-In, un artista chino que exponía su obra en la Casa de Cultura y en quien se daba la circunstancia de ser el elaborador de muchos de los papeles artesanales con los que trabajaba el maestro del informalismo matérico. El texto comenzaba con una frase que tendría que hacernos pensar: «Cuando ya se está demasiado de acuerdo sobre aquello que es la belleza, aparece entonces la fealdad.».
Una exposición antológica de su quehacer, 'Antoni Tàpies. Una mirada: 1951-2001', la más ambiciosa y completa de las exhibidas en Asturias, la organizará el Banco de Sabadell, en su sala de Oviedo, en octubre de 2002. Su comisaria, Elvira Maluquer, le sugiere el maestro la posibilidad de que fuese mío el texto introductorio y fue esa la ocasión en la que mejor pude sentirme tras largos años en el mundillo artístico ¡Un texto para una exposición de Tàpies! El texto, titulado 'Antoni Tàpies: el agua de un profundo pozo' mereció que su protagonista comentase de él que era original, cosa difícil por los miles antes escritos. Aquella muestra nos permitió a los asturianos, no demasiados ciertamente para la importancia del conjunto, darnos cuenta de cómo el artista catalán, al igual que Wu-Tao-Tseu, buscaba encontrar esa pincelada en la que poder encerrar una vida entera.
Transcurridos cuatro años años, de nuevo obras de Tàpies viajan a Asturias; en 2006 y en el contexto de la exposición 'La palabra y la huella' en la que se reunía la obra de los hasta entonces Premios Príncipe de Asturias de las Artes y de las Letras, en una de las más brillantes muestras colectivas jamás reunidas en nuestra comunidad, figuraron dos grandes telas, otros dos papeles de considerable tamaño y una cerámica, en exhibiciones complementarias en Oviedo y Avilés. Lástima que la 'lejanía' del Centro Municipal de Arte y Exposiciones de Avilés, a cinco minutos a pie de la Plaza de España, impidiese a muchos disfrutar del evento.
En octubre de 2008, de nuevo en el apartado y por ello poco visitado Centro de Exposiciones, seis enormes -literal y metafóricamente- piezas cerámicas del maestro catalán, ocuparon paredes o espacios, junto a otras tantas de Chillida y de Barceló, en la decimocuarta edición del Certamen San Agustín de Cerámica y con lo que, en sus palabras, «se unía con el mayor de los desintereses económicos y el mayor de los intereses espirituales» a la celebración del 25 aniversario de la Escuela Municipal de Cerámica.
Antoni Tàpies, no lo dudemos, ocupará un lugar preeminente en la historia del arte del siglo XX. Y lo ocupará por su obra y por su compromiso, pero en esa otra historia susurrada y no escrita, la del contacto directo y afable, la de la atención prestada incluso a las más modestas de las propuestas cuando se hacen desde el rigor y la seriedad, desempeñara el papel únicamente reservado a los grandes: el de ser más grandes todavía desde la modestia, la asequibilidad y el magisterio. Lo que a lo largo de más de tres décadas ha demostrado en su relación con Asturias.