La sombra o mejor dicho la luz de Antoni Tàpies es alargada y llega a todos los rincones del siglo y la geografía. Su muerte no ha pasado inadvertida en ningún lugar. Tampoco en Asturias, donde nada más conocerse la noticia, quienes más cerca estan de su universo creador han conciliado la pena. La «tristeza», dice el poeta plástico Miguel Mingotes, de observar la partida de un ser «íntegro» que dejo escrito: «Un artista no puede ser bueno, sino es una buena persona». Esta sentencia cautiva a Mingotes y a otros muchos, que al mirar hacia el legado que deja coinciden en ver a un gran artista, que era, además, «un hombre culto, valiente, cauto en el trato con la vida, e inteligente». Le definen así, casi utilizando los mismos términos, los pintores Pelayo Ortega y Bernardo Sanjurjo. El primero añade que una de sus mejores virtudes como creador fue no detenerse en los postulados del informalismo. «Tuvo el talento de enriquecer su trabajo con otras corrientes posteriores a su generación con las que se mostró muy receptivo». Sanjurjo, por su parte, que califica su muerte de «tragedia» (eso sí una tragedia esperada, «porque cumplió con el ciclo de la vida»), advierte que deja tras él «una obra inmensa, que solo obedeció a la libertad y no dependió de nadie».
Sanjurjo, que no conoció personalmente al genio que llevó su piel de creador a la propia piel del cuadro, aunque sí recuerda cómo coincidió con él en una librería de Nueva York, dice que le apreciaba y admiraba profundamente. También Pelayo Ortega, que sí tuvo la suerte de conversar con él en alguna ocasión, habla de admiración y asegura que su trabajo es «de esos que quedará, que permanecerá con nosotros, pero no solo hará historia aquí. Creo que su calado es mundial».
Habla asimismo el director del Museo Evaristo Valle de un legado que permanece, pero él lo hace recordando que el nombre de Tàpies se prolongará en la institución que llevará para siempre su identidad. «Su pérdida es una muy mala noticia porque con su muerte nos quedamos sin uno de los maestros fundamentales del siglo XX, pero por lo menos me alegra saber que, gracias a su fundación, seguirá vivo entre nosotros», dijo Guillermo Basagoiti.
La pintora Kely Méndez Riestra va más allá y asegura que no solo la obra del catalán universal fallecido el lunes rezuma su propia personalísima mirada creadora. Ésta también está entre quienes le han observado con aprecio. «Nuestros pinceles están cargados de Tàpies», dice Kely, que define al genio como «un hombre vertical, artista sincero, que hizo arte de su búsqueda existencial».
Asegura la pintora, como también lo hacen otros de sus colegas, que «con la muerte de Tàpies se va también una manera de ver y de hacer», ya que era, advierte, «un pintor de secretos hallazgos que transmitía con maestría a la tela, haciendo partícipe al espectador de su particular iconografía, influyendo con su gesto a gran parte de la pintura del siglo XX».
No olvida ninguno de los artista asturianos que parte de la grandeza de Tàpies quedó escrita. Concluye Pelayo Ortega, convencido de que «desaparece un grande», que se «preocupó de plasmar en varios libros todo su ideario, filosofía y compromiso político».