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Ojo al Cristo, que es de plata

Oviedo

Ojo al Cristo, que es de plata

08.02.12 - 02:43 -
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El nuevo secretario general del PSOE, Pérez Rubalcaba, anunció en el congreso de Sevilla, donde a punto estuvo de empatar en apoyos con Carmen Chacón, la conveniencia de fomentar en la sociedad española el laicismo que implica la revisión de los acuerdos Iglesia-Estado, vigentes desde hace 33 años. Esos acuerdos eran la consecuencia de haber mandado a los corrales al viejo Concordato, al 'caudillo de España por la gracia de Dios' y a la facultad de veto ante la designación de un nuevo obispo, algo a lo que renunció voluntariamente el Rey seguro que porque le parecía más una estupidez que un privilegio.
La vinculación de la sociedad española a la Iglesia católica es una realidad histórica tan singular y tan real como controvertida en el país más papista que el Papa, el que salió a la calle para defender el dogma de la Inmaculada Concepción y el que expulsó a los jesuitas y expropió con Mendizábal la herencia medieval de los bienes eclesiales. Pero, a estas alturas del siglo XXI, la historia de la religiosidad española es cuestión de eruditos tan lúcidos como Javier Fernández Conde, catedrático y cura, agónico conciliador de los viejos pergaminos con la sangre apenas oxigenada de los indios de la teología de la liberación, y un asturiano ejemplar ante quien me quito el sombrero.
Pero vayamos al grano de la actualidad y procuremos que la Iglesia y el Estado se respeten mutuamente, siguiendo la máxima de la separación de poderes y del 'dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios', respuesta que parece la base de un cursillo acelerado para las enigmáticas parábolas a la gallega de Mariano Rajoy. Quizá al señor Rubalcaba le convenga reflexionar sobre la inconveniencia de desenterrar tiempos pasados en los que los españoles rurales o urbanos siempre andaban detrás de los curas, unas veces con un cirio y otras con un garrote, unas veces para tirarlos al río y otras veces para apuntillarlos. El alineamiento de la Iglesia católica con el bando vencedor en la guerra civil ha hecho mucho daño a todos, incluida a la propia Iglesia que cambió el Evangelio por las soflamas de la dictadura, que paseó a Franco bajo palio por las catedrales y que, habiendo renunciado a la promoción del entendimiento y de la fraternidad, chapoteó sin reparos en una sociedad en que los cojos de mierda debían dejar el asiento del autobús a los caballeros mutilados.
La Iglesia española actual, con su doloroso alejamiento de la realidad social en la cúpula que pilota Rouco Varela, nada tiene que ver con aquella institución de plomo y de incienso de la dictadura, y que parece fijada de un modo patológico en la memoria de Pérez Rubalcaba, como si el cardenal Tarancón no hubiese existido, enfrentándose en Oviedo al gobernador civil en defensa de los mineros en huelga o de los curas obreros. ¿Es necesario recordarle a Rubalcaba la gran labor de Cáritas en el infierno de los casi seis millones de parados, o la función de tantos albergues y casas de acogida de parias de la tierra en estos días en que muerden el frío y el hielo, o la abnegación humanitaria en hospitales, en centros de desintoxicación de drogadictos, en barrios marginales, en cárceles, en atención a personas mayores, en defensa de los inmigrantes sin trabajo, en la cooperación con el Tercer Mundo, etcétera?.
Para mí que el mejor socialismo nace del cristianismo primigenio, de aquel de las persecuciones y las catacumbas cuya seña de identidad era la fraternidad, actitud que hacía exclamar '¡mirad cómo se aman!' a los esbirros del imperio romano que soltaban los leones en el coliseo. El tiempo, paradójicamente, todo lo desdibuja y todo lo perfila. Vivimos en época en que la necesidad aconseja prudencia y abnegación. Es decir: todo lo contrario a jugar a anticlericales y a sacristanes, a Rubalcaba y a Kiko Argüello, a Peppone y a Don Camilo, en una historia que, por repetida, aburre y a veces terminó en una cacería para el olvido y para el horror, cuando los españoles se mataron como conejos en cacerías de odio y de incienso. Ojo al Cristo, que es de plata.
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