Gustave Flaubert, cuyo estilo ha sido copiado por toda la literatura contemporánea, sostenía que el escritor sólo trataba tres temas, pudiendo escribir sobre lo que uno es, lo que desearía ser y sobre lo que se aborrece. En su obra cumbre 'La educación sentimental', en parte biográfica, aparecen marcadamente estos tres elementos que Flaubert no trata de ocultar, retratando al joven Fréderic, el propio autor, como un cretino que se deja engañar en medio de aquella sociedad turbulenta del reinado de Luis Felipe, en la que pugnaban los republicanos y los llamados legitimistas.
De todas aquellas experiencias, Gustave Flaubert llegó a la conclusión respecto de la política de que no existen más que tres partidos: el partido de los que tienen, el partido de los que no tienen y el partido de los que están deseando tener. Ocurre como en la música, que, por muchas vueltas que le demos, Juan Sebastián Bach y 'Manolo el del Bombo', aunque uno haya compuesto obras geniales y el otro aporree el artefacto, los dos están limitados por siete notas. En los matices y en el empleo de ese exiguo número de elementos es el lo que consiste crear una música sublime o solo hacer ruido.
Tantos partidos y tantas siglas cuando al fin y al cabo, según Flaubert, solo se limitan a tres. Pero quizá quepan tantas matizaciones como las que existen entre las fugas de Bach y los aporreos de Manolo. Los que tienen nunca tienen bastante, y a menudo se unen a ellos los que quieren ascender agarrados a las levitas, sin importarles pisar las cabezas que están más abajo o a su nivel; a éstos también se les llama trepas. Existe un subgénero, mezcla de los que tienen y quieren tener, partidario de todos los gobiernos que dejan medrar. En este subgénero podemos encontrar a renombrados banqueros e incluso aristócratas dándose besitos con políticos de izquierda, en una 'liaíson' que hará temblar a Marx en los escasos pedestales que le quedan. Valle Inclán incluía a los gachupines de América en este apartado, partidarios de todos los gobiernos que no interfirieran en sus negocios.
En lo de tener y no tener -que es el título de una de las grandes películas de Howard Hawsk- existen los matices de las grandes infamias de los que no tienen nada, que en general no están afiliados a partido alguno. Y luego, ese no tener, introducido en cualquier sigla política, que significa no tener vergüenza, no tener escrúpulos y no tener el valor de retirarse de la política cuando se nota que en vez de ser un activo de servicio está viviendo de ella como un parásito. La democracia es el sistema de gobierno menos malo, pero también engendra monstruos cuando las guardias pretorianas de los partidos se convierten en tribus de forofos que ponen las manos en el fuego por uno de los suyos en vez de emplearlas para cogerlo por la culera y el pescuezo y lanzarlo a la puta calle.
Esa mezcla heterogénea de los que no tienen, los que ansían tener y los que tienen bastante y quieren tener más, han echado sus pulsos estos días para que en esta apartada orilla, entre Verdicio y los Fontanes, haya nuevas elecciones. Pero los culpables son los del otro partido, y no los suyos, faltaría más. Me voy a declarar yo culpable, y me iré a la mierda, por no mandarlos a todos ustedes, que está mal visto