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Contra la costumbre

Asturias

Contra la costumbre

10.02.12 - 02:36 -
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Hay que acostumbrarse a las riadas, a convivir con estas crecidas minimizando sus daños». No lo ha dicho Groucho Marx ni Luis Sánchez Polack 'Tip' ni Gila ni humoristas de ahora como Pedro Ruiz o Moncho Borrajo. La frase es de don Jorge Marquínez, presidente de la Confederación Hidrográfica del Norte de España. ¿Se imaginan que en el servicio de urgencias de un hospital le dijesen a un accidentado, cuyas piernas están destrozadas tras un accidente, que hay que acostumbrarse a la sangre? ¿O que a una mujer maltratada le recomendasen en la comisaría de policía que hay que acostumbrarse a convivir con el hijo de puta que la golpea todos los días? ¿O que en la oficina de defensa del consumidor le sugiriesen a una persona estafada acostumbrarse a convivir con los delincuentes? ¿O que, ante la reclamación por un piso construido defectuosamente, el vendedor le aconsejase al inquilino que hay que acostumbrarse a convivir con las grietas y con las goteras?
En la misma línea argumental que el señor Marquínez con las actuales inundaciones asturianas se ha manifestado anteayer, en el Congreso de los Diputados, el presidente Rajoy cuando dijo que la crisis era tan grave que no había más remedio que asumir que en este año se iba a seguir destruyendo empleo, apostando por una cierta mejoría para el 2013, previsión desmentida por el servicio de estudios del BBVA que augura que el próximo año, pese a un leve repunte del PIB, las cifras del paro continuarían por la pendiente de la destrucción. El gran goleador de las últimas elecciones va camino de reducir su programa a dos palabras castizas: ajo y agua.
Una cosa es la mortificada resignación cristiana contra lo inevitable, y algo muy distinto es instar a acostumbrarse a las políticas de la desidia y de la incapacidad en lugar de exigir soluciones y, si eres presidente del asunto hidrográfico, ponerles remedio a los desaguisados. Si el ministro del Interior dijese que debemos acostumbrarnos a los asesinatos etarras o el titular de Exteriores mantuviese que hay que familiarizarse con que a España la traten en el mundo como al pito del sereno, apaga y vámonos.
Y aunque la madre Naturaleza a veces se comporte como la madrastra de los cuentos de dolor, algo habrá que hacer para defenderse. Unos cuidados posibles y necesarios en los cauces de los ríos hubiesen evitado o atenuado las situaciones dramáticas de los últimos días en el Nalón, en el Sella, en Pravia, en Candamo, en Ribera de Arriba, en Castrillón, en Arriondas, en Trubia, en Ribadesella, etcétera. Lo peor es dejarnos caer en la fatalidad ante los lodos, los árboles derrotados, los variados desechos que se almacenan en el lecho de los cauces fluviales como fósiles, y que alcanzan su erupción con las riadas que se llevan por delante puentes de ojos cegados y que anegan zonas habitadas y territorios ribereños de cultivo. Es cierto que hay golpes de una extrema brutalidad en que la lluvia o la nieve o el viento dejan un escaso margen de maniobra. Pero, aún en esos casos, la capacidad de defensa siempre sería más efectiva si se hubiesen adoptado medidas de precaución, de previsión y de limpieza.
Aunque la Biblia no recoge la escena, un campesino, en la víspera del Diluvio Universal, miró a los nubarrones que enturbiaban el cielo y proclamó con voz de profeta: «Este año vamos a recoger una excelente cosecha». Si hubiese sido el señor Marquínez el labriego de los tiempos de Noé, hubiese apostillado: «Tranquilos, que a todo se acostumbra uno». Las palabras finales que César González-Ruano escribió desde la cama del hospital en su último artículo, titulado 'La costumbre', y cuando ya sentía los pasos negros de la Dama del Alba, fueron éstas: «Morir es perder la costumbre de vivir». «Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir» había afirmado Jorge Manrique siglos antes. Y toda vida lleva, en su navegación, cadáveres hinchados y hasta piedras que flotan. Pero lo siento, señor Marquínez: los asturianos no nos acostumbramos ni a la ineficacia de la Administración ni al humor negro en pleno temporal.
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