Aunque un dúo es el conjunto más simple de un grupo de cámara, hacer música a dos no es sencillo. «Con el número dos nace la pena», escribió Leopoldo Marechalar; sin embargo, cuando dos es una unidad, esa pena se vuelve alegría. El dúo formado por el pianista A. Thauraud y el violonchelista J. G. Queyras sonó a dos instrumentistas distintos formando un solo dúo verdadero, especialmente en algunas de las obras interpretadas el miércoles en el Auditorio Príncipe Felipe, de Oviedo. Sucedió en la Sonata en La mayor de Cesar Franck o el bellísimo lied de Schubert tocado como propina. Pese a su juventud, los intérpretes llevan a sus espaldas una amplia y premiada discografía, especialmente para Harmonia Mundi.
Es indudable el equilibrio, la compenetración y la sensibilidad común del dúo, sin embargo esa especie de temperatura emocional y de sentido comunicativo no siempre sobrevoló el programa. Las versiones de Marin Marais, el genial violista de gamba que inspiró la película 'Todas las mañanas del mundo', de Alain Corneau, resultaron esquemáticas, frías. La interpretación de Queyras, situada entre las concepciones historicistas de Jordi Savall y la tradición romántica, quedó en un frío terreno de nadie. Hubo un poco más de vuelo en las 'Folías de España', un bello tema que también utilizó Haendel, Liszt o Rachmaninvov, pero manteniendo siempre un carácter lejano y elegante. La versión de Bach fue correcta, delicadamente contrapuntística, técnicamente sólida pero también fría. Con Stravinsky llegó la vida. Registros paródicos e irónicos en el violonchelo, ligereza, despreocupación y una belleza melódica llena de vivacidad. Sin embargo, todo ello fue una antesala a una bellísima e intensa segunda parte, protagonizada por la 'Sonata en La mayor', de Franck. Probablemente el violonchelo restituye una sonoridad primitiva de esta obra, escrita para violín pero pensada en el violonchelo. Solidez estructural, sentido dialogante en una sonoridad que adquiere una emotiva densidad en las conversaciones entre piano y violonchelo, tiempos un poco más lentos que los habituales y una inmensa variabilidad emocional. Encantadora versión que demuestra que con el número dos, nace la dicha.