Ante caldos con pingarates, vinos y sidras, los contertulios del bar Lovento disfrutaban también del silencio en aquella fría tarde invernal y practicaban lo de «bienaventurados los que no hablan, porque ellos se entienden». Aprovechaban, en fin, una de esas guapas ocasiones de callar que tan a menudo nos ofrece la vida y que tan poco cunden en los bares (afortunadamente, para este escriba sentado en taburete de barra y transcriptor de charlas de chigre, que todo hay que decirlo). Se oían los ruidos de las tripas de algunos parroquianos, y hasta el de la fricción de las patas delanteras de un moscardón que se había posado sobre el mármol de la mesa.
Así estaban las cosas cuando llegó el verboso y memorioso Casacites, que se percató rápidamente de que se hallaba en un ambiente ideal para hacer una de sus exhibiciones verbales. Como acostumbra, la provocó sin venir a cuento:
-Mientras paseaba por la ruta del colesterol, me dio por plantearme cómo fue que dejáramos de andar a cuatro patas, y me faltó tiempo para ir a beber en la fuente pertinente y agarrar una buena cogorza de sapiencia que me gustaría transmitiros...
-Home, no jodas -dijo uno de los presentes; pero, ante la indiferencia del resto, el parlador aprovechó para espetarles:
-La respuesta nos la dio un importante zoólogo que recluyó a un chimpacé en una isla desierta. Entre las cosas que pudo observar en el comportamiento del animal, la que más le llamó la atención fue precisamente que cuando el suelo estaba nevado o helado, el simio se erguía sobre las dos patas traseras para evitar mojaduras y enfriamientos. El investigador llegó entonces a la conclusión de que nuestros antepasadps reaccionaron de tal guisa ante condiciones similares. Conclusión: sus cerebros comenzaron a crecer al recibir más sangre y empezó así el largo camino de la evolución humana.
-Si, home, sí: una evolución que nos lleva hasta esti precisu momento en que algunos de los presentes cobramos unes pensiones irrisories, otros están en el paro... y solo tien trabayu el camarero que nos sirve una consumición p'aguantar toda la tarde con el culo pegáu a la calefacción.
Una especie de justicia cósmica (la única que funciona de vez en cuando) hizo que Casacites se quemara la lengua al beber el primer sorbo del caldo, pero aún tuvo arrestos para decir la última palabra:
-¡Uf! ¡La lengua, no, que ez mi inztrumento de trabajo!
Volvió el silencio, y el moscardón interpretó a Rimski-Korsakov.