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Acoso comercial

La crisis y la durísima competencia entre compañías que ofrecen productos, sobre todo de telefonía e internet, es tan grande que cada poco entra una llamada de esas en que te quieren vender un contrato maravilloso

10.02.12 - 02:39 -
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Venía yo cavilando, de vuelta ayer a casa, sobre lo mucho que han cambiado las técnicas de venta con esto de la crisis. Tú no tienes que ir a comprar nada; te lo ofrecen todo por teléfono y por teléfono, grabación en ristre, te venden lo que ofrezcan: desde un libro hasta una suegra.
Hace años, todo era más humano, aunque no menos pesado. Muchas veces se te presentaba un visitador en la puerta de casa o del despacho y, si no andabas listo, te soltaba un rollo pistonudo. Cuando al fin decías que no al producto, generalmente enciclopedias y siempre a plazos, te contestaban admirados: «¿pero no dispones de -pongamos- 10 euros al mes para dedicarlos a esta maravilla?». Viejo truco, sí, pero algunos picaban... Andando el tiempo, esas mismas ofertas, simplificadas, te llegaban por teléfono. Preguntaban por ti y, sin dejarte hablar, empezaban con que habías sido elegido entre un millón de ciudadanos para recibir la promoción de turno y, después de describir el lote con pelos y señales y convencerte de lo imprescindible que era, te decían: «Entonces, vamos a confirmar sus datos, si le parece, para hacerle el envío: ¿es usted don Fulano de tal y vive en la calle cual y todo lo demás?». Tú, muy seco, decías: «No me interesa, muchas gracias». Sorpresa al otro lado: «¿Hay alguna razón por la que no desea beneficiarse de este chollo?». Querían discusión. Pero tú firme. Que no.
Yo agradecía mucho el que me invitaran a una de esas reuniones informativas en las que, a cambio de acudir, te regalaban un balón de playa o un vistoso paraguas que no abría... o cualquier artilugio inútil. Te lo ponían muy fácil. Con no ir, santas pascuas. Hombre, hacía gracia ver a colegas probando el paraguas por el pasillo o con el balón de marras, mira tú, para los niños, claro, después de haber perdido casi una hora.
Ahora, con la llegada de internet, todo ha cambiado. La crisis y la durísima competencia entre compañías que ofrecen productos, sobre todo de telefonía e internet, es tan grande que cada poco entra una llamada de esas en que te quieren vender un contrato maravilloso, mucho más barato que el que tienes y con un servicio de calidad extraordinaria a no sé cuántos megas de velocidad. Ni la luz va más rápido. Quien más y quien menos, todos somos sufridores de ese nuevo tipo de publicidad, rayana en el acoso comercial, de difícil extirpación.
Tal publicidad es de varios tipos, cada vez más ingeniosos, lo reconozco. El que menos me molesta es el de una llamada al móvil en que una voz de señorita robotizada te ofrece una música para el interlocutor llamante, mientras respondes la llamada. Cuelgas nada más oír la voz y no te dan la lata hasta una temporada más tarde. Luego están las llamadas de ofertas de tu compañía o de otras, personalizadas. Yo, por cortesía y por saber en qué me están timando, suelo atender las de mi compañía. No así las de otras. Siempre preguntan por ti con nombre y apellidos y saben lo que pagas como si fueran Hacienda. Y si no, con todo descaro, te lo preguntan.
Pero hace unos meses empezó a llamarme una máquina muy creíble con voz masculina: «Buenas tardes: ya tiene internet en su casa». Al ver que era una máquina, colgué y punto. Mas al rato vuelve a sonar el teléfono: «Buenas tardes: ya tiene internet en su casa». Vuelvo a colgar. Y al rato, otra vez. «Buenas tardes». Así varias veces, varios días. Hasta que decidí que la siguiente vez escucharía hasta el final. Oyes, no era nada: «Buenas tardes: ya tiene internet en su casa. Para acceder al servicio pulse 1, para rechazarlo, pulse 2». O algo así. Todo sucede muy rápido. Así que pulsé 2, se cortó y a otra cosa. ¿Otra cosa? ¡Qué va! A los veinte minutos volvieron a llamar: «Buenas tardes: ya tiene internet en su casa». «Jolín», pensé, «¡pero si ya he dicho que no lo quería!». Por si no se habían enterado, vuelvo a pulsar 2 con cuidado de no equivocarme y vuelve a cortarse. «A ver si ahora se enteran». Pero tampoco. Al rato o al día siguiente o a los pocos días vuelvo a oír la misma voz: «Buenas tardes». Ahí ya cuelgo directamente, pero ya sabía que al rato volvería a sonar. Pulsé 2. A los pocos días insisten. «Buenas tardes». Una pesadilla.
Un día, harto, pulsé 1 a ver qué pasaba. Se cortó la comunicación. «¡Diooos, tan fácil y yo pulsando 2! Atención, atención: es 1 lo que hay que pulsar para librarse, no 2. Pero, ¡ay benditu!, media hora después suena el teléfono y desde lejanas profundidades transoceánicas escucho a una señorita muy amable que se presenta y me recuerda que me he interesado por el internet que no quería. Hablan como locomotoras, «¿Sí?», sin dejarte meter baza, «¿Sí?2. Cuando por fin llegó el momento decisivo: «Es usted Fulano de Tal, ¿sí?», es cuando pude decirlo: «Sí, yo soy. Y usted, ¿cómo lo sabe? No quiero ninguna oferta y si he contestado que sí es porque no quiero su oferta (una contradicción, pero a ver...) y quiero que me borre de su base de datos». Pero el desaliento no afecta a estos sufridos trabajadores que se saben todas las respuestas: «Usted está pagando actualmente por su servicio tanto, ¿sí? ¿De verdad no le interesa pagar menos?». Y, claro, me dejó desarmado. Muy digno, dije que no me interesaba, aunque me sentí un poco imbécil. Por fin, con sensación agridulce por haberme librado de la oferta y haber quedado como un imbécil, colgué. Respiré y pensé: «Bah, con otra vez que hable con la señorita serán dos. Imposible».
¿Imposible? ¡Quia! A los pocos días, cantarín, alegre como un pájaro al calor del sol de una mañana de fresca primavera, suena el teléfono: «Buenas tardes: ya tiene internet en su casa. Para acceder...». «¡No puede ser!». Pulsé 2; no, pulsé 1... o 3... o lo que fuera, para volver a hablar con la señorita, pero muy enfadado. Y se cortó y al rato: «¿Sí? Se ha interesado usted por nuestra oferta. ¿Sí?». Y vuelta a empezar. Pero claro, como ya me sabía el guion, no quise volver a hacer el imbécil y me adelanté: «Espere, deje que le diga una cosa: es que me sobra el dinero, me gusta pagar más y no me interesa su oferta». Pues mira, se despidió en un pispás. Aunque no estoy seguro de no haber hecho el imbécil.
Pero no hay bien que cien años dure. Ahora mismo acaba de sonar el teléfono. No es broma. Pongo el altavoz: «Buenas tardes...».
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