Lo de Cascos y Preciado de la pasada semana relegó a esta el comentario acerca del expresidente autonómico señor Camps, cuya inocencia es sólo comparable a su sonrisa. El jurado popular (nunca peor dicho) nos lo declara no culpable, pero por la mínima, cinco a cuatro. Camps aparecía radiante por tan trabajada victoria y pienso para mí que si yo fuera inocente no me gustaría nada aparecer en una sentencia como inocente por los pelos. Y es que o pago los trajes o no los pago, mientras que la lectura literal del resultado de la sentencia viene a decir que Camps es inocente, o no culpable, en cinco de sus novenas partes, mientras parece ser culpable de los cargos en las cuatro partes restantes de su ser, que es como estar embarazado, pero sólo al cuarenta y cuatro por ciento.
Aunque más que de Camps quería tratar del propio jurado, así que no hay más remedio que hablar de la estruendosa orgía de terrorismo ortográfico a que se entrega en su informe, o lo que sea. Siempre he creído que el error ortográfico retrata pero no descalifica, porque, al fin y al cabo, la necesidad de la ortografía es consecuencia de un defecto de la herramienta del que se culpa al usuario. La trasposición del lenguaje oral a lenguaje escrito es defectuosa en origen, es un código confuso y ello lleva a la «necesidad» de saber ortografía para tortura de almas sencillas a cargo de graves académicos que, generalmente, no saben sumar quebrados. Puestos a valorar, más que las penurias ortográficas del jurado me inquietarían sus torpezas sintácticas, esas discordancias que enturbian el discurso hasta hacerlo ininteligible. Para mí, de todas formas, nada de todo esto cuestiona la validez del Jurado Popular, como institución, y de este en particular, porque la condición semianalfabeta de un individuo, inevitable estadísticamente en los jurados populares españoles, no implica merma de sensatez o de honestidad.
Si no me gustan los jurados populares en la justicia es por la misma razón por la que no soy partidario de tales jurados en materia de arte o de literatura, ya vale con Eurovisión. Las ciencias, las artes y muchas otras disciplinas no aspiran a veredicto democrático. Si éste se emplea en política es por pura educación y a falta de algo mejor con que dirimir discrepancias de criterio. No estoy muy seguro de si la justicia está, a efectos plebiscitarios, más cerca de las ciencias o de la política, pero lo que sí me parece absolutamente de cajón es que cuando se juzgan hechos de raíz política, entre amplio estruendo mediático, un jurado popular tenderá a reproducir, en su veredicto, mera sociología, el veredicto de las urnas.