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Albert, ten piedad de nosotros

A los 15 años empezó a recorrer el mundo en silla de ruedas y hoy, con 21, ha visitado ya más de cincuenta países en los cinco continentes

11.02.12 - 02:38 -
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No creo que conozcan a Albert, ni aunque les diga su apellido, Casals, entre otras cosas porque vive en Barcelona; salvo que hayan hecho alguna larga distancia con Renfe el mes pasado y hayan hojeado la revista que regalan en esos trenes. Allí aparece con su aspecto divertido. Divertido porque lleva el pelo teñido de rojo y tiene cara infantil y simpática, pero por lo demás va en silla de ruedas, lo que tiene poca gracia. La gracia es que él no se ve impedido y además se siente feliz: «Para mí el mundo es un lugar genial y estoy feliz de que exista. ¿Qué es lo terrible que hay en el mundo? Que estamos mal organizados, nada más. Pero es mucho más divertida la Tierra que Marte», dice, a pesar de que el tratamiento para la leucemia infantil haya dejado sus piernas discapacitadas. Pero, por raro que parezca, a los 15 años empezó a recorrer el mundo y hoy, con 21, ha visitado ya más de cincuenta países en los cinco continentes.
Albert dice que en todas partes ha visto gente sonriendo, sobre todo en barrios 'superchungos'. Por ejemplo, en una casa de China en la que sólo tenían una cama, una olla para el arroz y una cuerda para tender la ropa, «pero se lo pasaban bien». Y además le acogieron para compartir su miseria. Porque Albert, alucinen, viaja solo (salvo el último viaje, en el que le acompañó Ana, su novia), en su silla de ruedas, en autoestop, sin dinero, sin móvil y ni siquiera cámara de fotos. Pero es ya un pequeño filósofo: «La gente no es mala, tan sólo tiene miedo; si logras romperlo, te ayuda: te para en la carretera, te lleva, te invita a comer o a su casa, te da dinero -aunque, ojo, yo nunca en mi vida le he pedido nada a nadie-, porque lo que más abunda es la empatía. Todo el mundo siente empatía por alguien. Es algo natural, y es perfecto». A cambio, él les cuenta historias, les enseña otras maneras de vivir, «y a la gente le gusta oírlas». Huye de zonas turísticas y busca lugares remotos, aldeas en las que tienen ganas de hablar con gentes distintas y de compartir cualquier cosa.
Dice este joven que a los cinco años, cuando le postró la enfermedad, ya hablaba de física cuántica con su padre, lo que le hace aún más raro. «Hay que saber que existen un montón de caminos en la vida, no sólo uno», nos enseña. «Por ejemplo, creer que no se puede vivir sin dinero es como un dogma, y no es verdad. En absoluto. Es una elección como cualquier otra. Hay mucha gente que vive sin dinero; o que, como yo, viaja sin dinero». Ha dormido entre la nieve de Escocia, en pleno invierno, o en parques donde los aspersores le chiscaban, lo que incordia un poco, pero también en barcos abandonados o en tejados de edificios abandonados desde los que era genial ver salir el sol. Flipó en colores viajando en la caja de un camión llena de sandías o en la noche del desierto de Atacama, en Chile, donde no es que viera las estrellas, sino que «había huecos oscuros y todo el cielo eran estrellas que se juntaban».
Menos mal que, como ejemplar compartidor, Albert Casals ha recogido todo esto en sendos libros en catalán, el segundo de los cuales, 'Sin fronteras', está a punto de ser traducido al castellano, porque gente como él merece pasar a la historia. Sigue siendo sabio cuando dice «en nuestra sociedad -se refiere a lo que llamamos Occidente- hay muchos que viven amargados e infelices. Y es que «hay que hacer cosas que te hagan feliz, no importa que sean raras o difíciles; porque, si no, nada tiene sentido». Que se lo diga a mi amigo Juan José, del que ya les conté, alto funcionario al que no le falta nada, pero se encierra en casa deprimido, entre otras cosas, porque, de haberse jubilado hace unos meses, no habría perdido los 3.000 euros que entonces daban como prima y ahora ya no. Primos somos la mayoría. Y sobre todo unos pringadillos ante extraterrestres como Albert. Aunque, de creerle, hay muchos como él por el mundo.
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