Lo peor que le puede suceder a un artista es que le llegue la muerte creativa antes de morir. Le sucedió a Leopoldo Alas 'Clarín', por ejemplo, y también a aquel volcán que abrió una brecha perdurable en la poesía del XIX inaugurando nuestra contemporaneidad y que se llamaba Arthur Rimbaud. Lo peor, ya digo, es lo más común; son muy raros los artistas que consiguen, tras larga vida, ser ellos mismos hasta el final. Eugénio de Andrade sí consiguió manteniendo hasta casi el fin de sus largos días no sólo su conciencia creativa sino su capacidad para renacer en cada nuevo verso que escribía.
Antoni Tàpies también pertene a esta rara familia de quienes no mueren en vida. La última gran figura histórica de la pintura española murió trabajando. A sus 88 años sus cuadros -se presentó en 2011 en París una exposión con sus últimos trabajos- seguían siendo obra de Antoni Tàpies. Le amenazaba la ceguera, sus movimientos eran cada vez más débiles, pero sus cuadros eran algo distinto y nuevo e inconfundiblemente de Tàpies. Como Eugénio de Andrade, el pintor catalán conseguía lo que parece sólo reservado a los dioses: en cada brochazo unir el siglo y el segundo, la eternidad y el instante.
Decía Jacinto Benavente que nada había más aliñado que el desaliño consciente. Aún hoy algunos espectadores -cada vez menos, por cierto- se sorprenden ante los lienzos de Tàpies y se preguntan si eso que ven tiene algo que ver, si significan algo; es curioso que nos empeñemos tanto en poner en order el caos -nuestro caos interior, el caos del mundo- sin pararnos a pensar que con esos trabajos necesarios conseguimos tan sólo otro caos, en apariencia puede ser que más comprensible, pero en realidad tan caótico como el precedente. Una pintura realista, auténticamente figurativa, debería aspirar a representar ese caos y buscar en él azarosas líneas de armonía, chispas de iluminación, sombras de sentido verdadero.
Si alguien lo ha conseguido, ése es Tàpies: su lenguaje es transparente y no oculta la tierra, la materia, de la que está hecho. Joan Ferraté, un excelente crítico y estudioso de la literatura catalana, dijo en un epigrama famoso que Tàpies sólo hacía eso: pintar tapias; al pintor le debió parecer divertido el aserto y lo entrañó tanto que lo vio como un destino: descubrir en la pared del mundo signos de iluminación fue, a partir de entonces, su tarea.
Dice el tópico que el genio pictórico catalán, que ha dado al mundo en el siglo XX a Dalí, Picasso, Sert, Miró y Tàpies, se mueve entre el 'seny' y la 'rauxa'; la palabra seny se puede traducir al español como «sentido común» pero significa muchas otras cosas: pragmatismo y realismo a la vez que inspiración e iluminación; la 'rauxa' es arranque, determinación sorprendente más emocional que meditada. No hay obra de arte, catalana o no, que no se mueva entre esos dos extremos; pero lo que sí es profundamente catalán es haber sabido descubrirlo, ampararlo y mimarlo. Conducirlo, si quieren, hacia un espacio habitable y compartible.
Ha muerto Tàpies pintando. Tuvo suerte, como Eugénio de Andrade, de no sobrevivirse en vida, de no ver que su conciencia creativa se adelantaba a su propia muerte. Grande entre los grandes su obra perdura.