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Cenicientas de pasarela

Kate Moss estuvo enganchada a la cocaína y Natalia Vodianova vendía fruta por la calle. Ahora son las reinas

12.02.12 - 02:40 -
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Kate Moss contaba con todos los boletos para acabar como la cantante Amy Winehouse. Entre sus devaneos con la cocaína y su facilidad para liarse con la gente más desaconsejable, su vida parecía condenada a transitar por las clínicas de rehabilitación más lujosas y las comisarías. La rusa Natalia Vodianova también ha sufrido lo suyo. Recorrió de niña las calles de Moscú vendiendo frutas y verduras. Padeció una infancia marcada por el abandono de su padre, cuando solo tenía tres años, y la parálisis cerebral de su hermana Oksana, a la que su madre se negó a internar en una residencia mental, a pesar de tener que cargar con cuatro trabajos a la vez para sacar adelante el hogar. «Trabajaba muchísimo y no siempre estaba en casa, pero sentirme querida me dio una gran seguridad en mí misma», confesó a la revista 'Telva'.
Después de tantas adversidades, Kate y Natalia han convertido sus vidas en cuentos felices. Moss es la modelo más importante de las últimas dos décadas. Muchos la consideran incluso la maniquí más influyente de la historia. Su caso es de lo más curioso. No es realmente guapa. Ni siquiera tiene un cuerpo que responda a los cánones de proporciones perfectas. Pero cuando se pone delante de una cámara tiene 'un no sé qué' que hechiza. Por mucho que caiga en las miserias más abismales, siempre termina levantándose. A nadie le habría sorprendido que las empresas de moda -una industria terriblemente conservadora- la hubiesen enterrado en vida: el diario 'Daily Mirror' la llevó a portada tras pillarla 'in fraganti' consumiendo cocaína.
Pero Kate es mucho Moss. Pone de moda todo lo que lleva y las marcas, lujosas y accesibles, lo saben. Es un valor seguro que nunca falla. La española Mango es la última etiqueta que ha apostado por la modelo británica. Protagonizará la próxima campaña de primavera por encarnar el ideal de mujer «urbana, independiente y atrevida», y ser «un referente». Ella lo sabe. Se siente «un icono» y, a sus 38 años, piensa que todavía le queda cuerda para rato. Se ve, como mínimo, otros 20 años más en la profesión. Algunos, como el ensayista Christian Salmon, están convencidos de que Moss «sobrevivirá» como una marca. Vodianova también merece un capítulo aparte. Al éxito en las pasarelas, que le ha convertido en una de las modelos mejor pagadas según Forbes, suma su buen ojo para emparejarse con multimillonarios. Con el aristócrata británico Justin Portman, con el que estuvo casada casi diez años, ha tenido tres hijos: Lucas, Neva y Viktor. Finiquitada el pasado verano una relación que parecía idílica, ha caído en los brazos de Antoine Arnault, que no es precisamente un cualquiera. Su nuevo príncipe azul es el heredero del conglomerado LVMH, el mayor emporio mundial del lujo.
A sus 29 años, no queda rastro de la pobreza que la obligó a echar una mano a su madre y sus dos hermanas menores, todas hijas de padres diferentes. Sin embargo, ni la riqueza ni el éxito se le han subido a la cabeza a esta top, que fue descubierta en un aeropuerto. Quizá por las estrecheces que sufrió conoce la delgada línea que separa la abundancia de la miseria. La musa de Valentino no se considera «adicta a las compras» ni tampoco necesita llevar lo último. Y, aunque podría gastarse todo lo que quisiera, ha empezado a guardarle prendas a su hija «para cuando sea mayor». Esta cenicienta de nuevo cuño se ha volcado en las labores humanitarias. Construye parques infantiles para niños rusos desfavorecidos a través de la fundación The Naked Heart.
«No tolero a los vagos»
'Supernova', como se la conoce en las pasarelas, admite que el hambre y la sanidad son problemas «mucho más graves», pero cree que los niños necesitan jugar para escapar de la realidad. «Ver y oírles jugar es maravilloso». Ahora respalda a niños rusos con discapacidad psíquica para evitar que acaben en orfanatos, a los que compara con «campos de concentración». Las dificultades vividas en su infancia forjaron su carácter. Aprendió inglés en solo doce semanas cuando le explicaron que tendría que hablarlo si quería triunfar en la moda.
A los 17 años se marchó a París y comenzó a desfilar para los modistos más grandes, aunque nunca se ha cerrado a nuevas aventuras profesionales. Lo mismo coquetea con el cine -en 2001 protagonizó una comedia junto a Gérard Depardieu- que diseña colecciones de lencería y zapatos. Es infatigable. Solo hay algo que le carcome: las injusticias y las personas que «se aprovechan de los demás». Deplora también la pereza y admite no ser «nada tolerante» con los vagos. Natalia ama su profesión. Dice que ser modelo aporta «belleza y creatividad» a su vida. Kate Moss también se siente guapa. Sobre todo, cuando pasea por el campo y se mete «a la cama» con su marido.
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