Para el Antiguo Testamento, la lepra era consecuencia del pecado (así como otras enfermedades; recordemos el pasaje del ciego de nacimiento y la pregunta de los apóstoles sobre quién pecó, el ciego o sus padres). Aparte de todo lo doloroso que la enfermedad tenía, la piel se mancha y con el tiempo la carne va cayéndose, el aspecto físico va deteriorándose rápidamente y, además, en tiempo de Jesús eso llevaba consigo la impureza legal, como leemos en el libro del Levítico. Eso suponía que los leprosos estaban incapacitados para el culto, es decir, según la mentalidad judía vigente, para relacionarse con Dios. ¿Cómo un leproso va a acercarse al templo a rezar a Dios, a llevarle ofrendas? No estaba permitido y, por lo tanto, eso llevaba a los leprosos a una dramática y miserable situación.
En efecto, para que su aliento no contaminase, tenían que vivir en guetos de los que no podían salir; si lo hacían, eran apedreados. Si alguien se les acercaba, tenían que gritar: «¡Tamé, tamé!», «¡impuro, impuro!». Les echaban de comer desde lejos. Su contacto hacía impuros a los demás; estaba prohibido tocarlos. Incluso muchos rabinos afirmaban que su curación era más difícil que una resurrección. Todo este contexto es importante para comprender el gesto de Jesús que nos relata hoy el evangelio.
San Marcos inicia su evangelio diciendo: «Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, hijo de Dios». Y, enseguida, nos ha ido mostrando cómo el evangelio era una noticia alegre para unos hombres que esperan una razón para vivir, para otros liberados del mal, para algunos con enfermedades. Es el paso de Jesús sobre toda la historia humana, asumiéndola desde abajo, desde el dolor y el sufrimiento de las personas. Hoy, ese Jesús es Buena Noticia para el grupo más marginado de Israel: los leprosos, que, como hemos dicho, además de ser enfermos, llevaban sobre sus hombros el estigma de ser pecadores, impuros y excomulgados.
La norma del Levítico declaraba impuro al que tocaba a un leproso, pero Jesús «extendió la mano y lo tocó». El evangelio parece recrearse describiendo ese gesto de Jesús. Podía haberlo curado con su palabra, pero «extendió la mano y lo tocó». Con ese gesto, Jesús mismo llega a comunicar la presencia física de Dios en una enfermedad declarada maldita, retando las estrictas normas y leyes sociales y religiosas, pues al tocar al leproso, él mismo se convierte en impuro.
Dios no excluye a nadie del culto, es decir, de su presencia, a causa de la enfermedad o de las normas sociales. La enfermedad sigue siendo un misterio, pero no debe ser un castigo que nos aleje de Dios; más bien al contrario, son ellos, los enfermos, los seres más queridos y necesitados de ese amor de Dios.