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Jugar con fuego en el Jovellanos

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Jugar con fuego en el Jovellanos

12.02.12 - 02:39 -
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Muerte antes que deshonor', una americanada patriótica con terrorismo al fondo, fue la última película que se proyectó en el Jovellanos, antes de lo que iba a ser el cierre, la muerte definitiva del teatro. Sucedió a finales de 1987. Había un proyecto para reconvertir el viejo coliseo de Begoña en una especie de macrodiscoteca. Dos años después, la iniciativa cívica promovida por la Asociación de Amigos del Teatro Jovellanos, la presión ciudadana y una voluntad por parte del Ayuntamiento de disponer de un teatro municipal, evitó aquel disparate. En 1989 el Jovellanos pasa a ser «de utilidad pública» y el resto, ya es más actualidad que historia.
Aunque el Jovellanos es un lugar de encuentros, no siempre las aguas del teatro bajan serenas. Recientemente, estas aguas las encrespan los números, algo que debería ser objetivo y es la cosa más engañosa del mundo. Sin entrar en cuentas estratosféricas, números más sencillos como las «entradas de butaca» de protocolo que reservaba el anterior Ayuntamiento para la prensa, los patrocinadores y los concejales tienen diferentes raseros en las mediciones. En el septiembre pasado, Foro pone el grito en el cielo porque son doscientas cincuenta entradas -esa es la cantidad que se publica, avalada por informes -, casi la mitad del aforo del patio de butacas. La gerente anterior, Carmen Veiga, reduce las entradas de protocolo a setenta y cinco. Lógicamente, no cuenta las entradas reservadas a los patrocinadores, que las pagan de otra manera. Hace un par de días la gerente actual dice en EL COMERCIO que las «cien o doscientas» entradas de protocolo que había -¿cien o doscientas? ¡A esto se le llama afinar!- ahora quedan reducidas a cincuenta y cinco. Si en algo tan sencillo como contar butacas existe esta disparidad, ¿qué sucederá con las cuentas de gestión? Más aún cuando en estas cuentas se engloban, creo que de una manera muy confusa, festejos -por ejemplo La Cabalgata o los Fuegos de Begoña- y el Festival de Cine. Lo único que tengo claro sobre las cuentas del Jovellanos es que si hubo desviaciones, ocultaciones y errores, el lugar para presentarlas no es el periódico. Es el Juzgado.
Siempre he defendido que la gestión cultural debería ser profesional -en Asturias el ejemplo más claro es Avilés, con Antonio Ripoll- e independiente del poder político. Sin embargo, Carmen Veiga, aunque estuviese vinculada al PSOE, hizo una labor de gestión cultural con aspectos muy reivindicables. La apuesta decidida por la Orquesta Sinfónica de Gijón, los programas educativos para escolares, la sintonía y colaboración con algunas sociedades culturales gijonesas y el acierto en algunas producciones propias del Jovellanos figuran en su haber. Indudablemente, hubo producciones, por ejemplo de alguna ópera, desafortunadas. Pero también aciertos, como la recuperación de la ópera 'Pelagio' de Mercadante, un compositor que se está revisando al alza, o las producciones de zarzuelas como 'La Pícara Molinera' de Luna, por citar sólo dos ejemplos.
La rentabilidad, repetida como un «mantra» por la nueva gerente, no puede ser la única función de una política cultural, porque si así fuese, lo más rentable para el Jovellanos sería que desapareciese. Y como sigan jugando con fuego y vaciando la actividad, lo van a conseguir.
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