Estos días se cumplen 50 años del bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos contra Cuba. Fue decretado por Washington pocas semanas después de la implantación del régimen comunista que sigue imperando en la Isla como reacción a las expropiaciones de las empresas y propiedades de los ciudadanos norteamericanos. Medio siglo después, bien puede decirse que nada sustancial ha cambiado. En EE UU se sucedieron numerosos presidentes con ideas distintas, pero su actitud hacia el castrismo no ha variado, lo mismo que ha hecho el propio sistema político de La Habana al que ni sus propios fracasos ni sus resistencias internas y externas parecen afectarle. El bloqueo, consistente en un férreo embargo comercial y financiero, fue criticado con frecuencia por gobiernos, partidos y organizaciones humanitarias y condenado oficialmente por las Naciones Unidas en decenas de ocasiones, pero las autoridades norteamericanas siempre reaccionaron con una política de oídos sordos que sin duda complicó los planes de Fidel primero, y su hermanos Raúl ahora, pero a quien más trastornos causó, y continúa causando, es a los cubanos que sufren las dificultades derivadas de tan drástica medida en sus propias carnes. No todas las miserias que les agobian bajo un sistema tan represivo son atribuibles al bloqueo, desde luego, pero muchas de las penurias con que se enfrentan a la hora de satisfacer sus necesidades básicas, sí. Es el bloqueo más prolongado de cuantos tenemos recuerdo y su evolución se ha convertido en un elemento permanente de análisis sobre la eficacia, casi siempre mínima, que ha revelado tener en su invariable objetivo, que es contribuir a resolver las crisis en el ámbito internacional sin recurrir a las armas. En su persistencia confluyen la obstinación del régimen cubano, empeñado en sacrificar generación tras generación de ciudadanos en una actitud de amor propio exacerbado, y la prepotencia norteamericana que no admite que un país pequeño y tan próximo geográficamente al que siempre consideró como una propiedad suya no se pliegue a sus intereses y exigencias. La idea de que se trata de dos países soberanos, aunque de diferentes dimensiones, nunca ha prendido en Washington. EE UU y Cuba se complementan bien y están predestinados a entenderse y a colaborar en todos los aspectos que les brinda su vecindad. Pero esta convicción no ha prendido en ninguno de los dos gobiernos que desde hace medio siglo les mantiene alejados y en permanente actitud de hostilidad. Contribuyen a mantener este clima de enfrentamiento los radicales de la derecha norteamericana, los demagogos del castrismo y de manera especial el millón de cubanos que viven en diferentes Estados de la Unión, sobre todo en Florida, donde siguen derrochando odio hacia el castrismo que tantos problemas les ha causado. Mientras tanto, los expertos discrepan sobre los resultados del bloqueo aunque coincidiendo mayoritariamente en algunas conclusiones. La principal, que el bloqueo no logró sus objetivos más allá de ejercer cierta venganza contra el desacato de los hermanos Castro y, por el contrario, que si consiguió aglutinar a una parte del pueblo cubano y de rebote a afianzar al Régimen. La gente en Cuba lo ve como una prueba de la amenaza que los gobernantes alardean para justificar su actitud represiva y hacen piña contra quienes aparecen como los culpables de que no se puedan importar determinados artículos necesarios o que tengan dificultades para exportar sus productos. Claro que lo que no logra la mala imagen del embargo o el amor propio de los cubanos, lo complemente la policía del Régimen con su recurso al estacazo y tente tieso.