Hace nada, cumplí una amable invitación del Instituto Cervantes de Casablanca para dar una charla, y tras el acto, terminé visitando un instituto de educación bilingüe a fin de tener un encuentro con chavales que iban de los 14 a los 16 años. Entre la ilustración y el cachondeo, pasamos un buen rato, y una de sus preguntas se refería a mi opinión sobre la ley SOPA. Era algo que se tenía que haber hecho hace ya cinco años, respondí. De inmediato la primera fila se me revolucionó y comenzó una dialéctica no por respetuosa menos encarnizada.
Mientras les observaba sorprendidos y hasta indignados de que no se pudieran descargar gratis sus películas y series preferidas, reflexioné con tristeza que aquello era el fruto de tantos años de barra insensatamente libre. Podía entenderlo -que no compartir su opinión-, porque no habían conocido otra cosa, y en sus mentes se había instaurado un concubinato digital en el que la desidia se había aleado con el egoísmo y un pensamiento mágico, por el cual todos los actores y guiones y escenarios y direcciones surgían de una especie de lámpara maravillosa, sin percances ni consecuencias en la vida real. Lejos quedaba ya de su ideario lo de ir a un videoclub y pagar equis dineros por un cedé, no digamos ya una cinta de VHS.
Pero eso era lo normal, eso era lo decente. Que el orondo Kim Dotcom va a ser la cabeza de turco de este gran latrocinio que son las descargas sin pasar por caja, es evidente, pero por algún lado había que empezar. Megaupload, y tras ella un efecto de pánico y purga en el resto de servicios de almacenamiento -de mercancía ilegal-, debía ser el primer paso para terminar con esta sangría a la propiedad intelectual, ergo a nuestras posibilidades de comer.
La ley SOPA deberá ser perfeccionada para que no sufra extravíos totalitarios, y habrán de crearse plataformas de suministro de contenidos 'on line' como Filmin o Netflix, que sean eficaces y a precios competitivos, pero ya era hora de retirarles la patente de corso -nunca expedida, por otra parte- a estos bucaneros.
No obstante, como la vida se abre paso, Jurassic Park dixit, han vuelto las polvorientas redes de intercambio p2p, aunque no se alarmen, donde no llegue el FBI puede llegar un modelo como el de las leyes francesas, que rastrean las IP hasta el hueso.