El Tribunal Supremo, por unanimidad, ha condenado al juez Baltasar Garzón a 11 años de inhabilitación y a pagar las costas del juicio a los presuntamente implicados en la trama Gürtel. La sentencia, de 68 páginas, se resume en que el alto tribunal considera que Garzón prevaricó al autorizar las escuchas entre los abogados y sus clientes.
No voy a ser yo el que ponga en entredicho la legalidad de la sentencia y tampoco me voy a dedicar a criticar al Supremo; no es mi estilo. Además, aún no está dicha la última palabra porque el juez puede recurrir al Constitucional e, incluso, a instancias internacionales. Eso sí, llama la atención la severidad de la sanción, precisamente en el país donde las penas para los delincuentes son benévolas y pese a que los presuntos implicados en Gürtel están todos en la calle.
Esta es la primera sentencia de las tres causas abiertas contra Garzón, pero la segunda causa, en la que le acusa de aceptar abrir diligencias en el asunto de las torturas, muertes y desapariciones perpetradas por el franquismo, es la que está despertando mas interés internacional y la que ha provocado las iras de la derecha. Conviene recordar que en España se aprobó una ley de amnistía, similar a la de punto final en Argentina, que dejaba impunes los crímenes, pero que es una norma que choca frontalmente con el Derecho Internacional. Tanto es así que en el Cono Sur de América, gracias también a Garzón, han tenido que ser revisadas. Ya veremos lo que dice el Supremo.
Sea como fuere, Garzón será apartado definitivamente de la carrera judicial, que era lo que mucha gente estaba deseando, porque este magistrado se había convertido en un tipo incómodo, pero puede que ese no sea el fin de la historia. Han acabado con el juez, pero en encumbrado a los altares a Baltasar Garzón. Al hombre implacable contra ETA, contra el terrorismo de Estado, contra el narcotráfico, contra los asesinos políticos y contra los corruptos, se le abre ahora un futuro político y mediático como a ninguna otra persona en este país. Si quiere, ya sin las ataduras procesales y sin tener que cogérsela con papel de fumar, ahora sí que va a poder ser el azote de los que Cayo Lara. En un lenguaje sencillo, pero que todo el mundo entiende, ha llamado «los malos».