Lo que tanto temían los vecinos volvió a pasar. Después de que en junio del 2010 el río Sella diera una buena lección de superioridad, arrasando la villa de Arriondas y varios pueblos en los alrededores, el temor a que la escena se repitiera, a que las calles se vieran inundadas por más de dos metros de agua, a no poder salvar ni una de las posesiones ubicadas en los sótanos, entre otros muchas pérdidas y desperfectos, vivía en el corazón de los que lo sufrieron en primera persona.
Viviendas aisladas, accesos cortados, garajes anegados. Todos los recuerdos de aquel mes de junio estaban aún vivos en la mente de los parragueses cuando, durante la tarde del pasado domingo, vieron crecer de forma espectacular el caudal del Sella en apenas un par de horas. Comenzaban entonces a revivir aquella pesadilla. «Aquello fue tremendo, indescriptible. Los que no lo vieron con sus propios ojos no pueden llegar a imaginárselo», explicaba desde la ventana de su casa Odulia Llera.
Los primeros afectados fueron los trabajadores y usuarios del Hospital del Oriente de Asturias. Allí es donde se sitúa uno de los puntos negros de la villa de Arriondas, pues la proximidad del agua con el firme es altamente alarmante en caso de crecidas. Durante la tarde-noche del domingo, la gerencia del centro decidía ya trasladar los equipos de hemodiálisis a las plantas superiores. Tras tomar esta medida se decidió también, por prevención, derivar a los enfermos con requerimiento de estas máquinas al hospital de Cabueñes, en Gijón. Ésta se convertiría afortunadamente en la única incidencia del hospital Grande Covián, que en el 2010 se llevó casi la peor parte del desastre. Sin embargo, enfermos y familiares pasaron las horas mirando por la ventada, sin perder de vista un Sella que, en esta ocasión, quiso ser benevolente.
El peor trozo del pastel se lo llevaron esta semana los vecinos del barrio de El Barco. Cuatro únicas calles, Noceda, El Barco, Picu Pienzu y Príncipe de Asturias, son las que forman este área, la que siempre resulta más castigada. Las lluvias comenzaron a apretar durante la tarde del domingo, mientras que los vecinos sacaban los coches de los garajes y los enseres de sus sótanos y tuvieron que resignarse a lo evidente. Pero el agua del río no saltó el muro, a pesar de sobrepasar los seis metros de altura. El cauce no se desbordó esta vez, pero el problema viene de abajo, de las entrañas de los edificios.
«El sistema de alcantarillado de este barrio está completamente obsoleto. Merecemos que nos faciliten una solución», exigía Marta Junco, vicepresidente del patio de los edificios Ginés Navarro. De todos los daños contabilizados hasta el momento por el Ayuntamiento, casi las tres cuartas partes se localizan en este área. Se inundaron varios sótanos y portales, garajes particulares, bajos comerciales, la planta baja del IESO El Sueve -donde se encuentran ubicados el gimnasio, los vestuarios y los baños- y la piragüera Máximo Llamedo Olivera. El nivel del agua en las calles rondaba los veinte centímetros y, una vez más, todo esto estuvo provocado por las deficiencias que presenta el sistema subterráneo. «Una vez que el río crece se mete hacia las alcantarillas y éstas, en vez de tragar, escupen agua hacia afuera», detallaba Manolo Rosete mientras se daba un paseo por la zona con su perro y valoraba los daños sufridos en esta ocasión
En lo que todos coinciden esta vez es en elogiar la actuación de los servicios de emergencias. «Aunque tenemos que reconocer que la primera vez que nos ocurrió nos sentimos un poco abandonados en El Barco, en esta ocasión fue todo lo contrario. Guardia Civil, Bomberos y voluntarios de Protección Civil se personaron en la zona rápidamente, y también vecinos del resto del pueblo que nos ofrecieron su ayuda y apoyo. Es admirable», manifestaba Nides Antuña mientras intentaba sacar el agua del sótano de su edificio. Y es que el Plan Especial de Inundaciones de Parres, creado a raíz del desastre sufrido hace año y medio, ha funcionado a la perfección durante estos días.
Al mal tiempo, buena cara
Y si es por tirar de refranero, tampoco hay mal que cien años dure, ni barrio que lo resista. Por eso los vecinos de El Barco supieron sacar la mejor parte de todo este desastre. Los más pequeños, gracias a la suspensión de las clases, tenían más tiempo libre para atravesar una calle que más parecía la continuación del río. «Es divertido cruzar por el paso de cebra con el agua hasta la rodilla», comentaban algunos niños. Hasta las mascotas aprovechaban el momento para darse un buen chapuzón. Ya habría tiempo después para el trabajo duro. «Al mal tiempo hay que sacarle buena cara», apuntillaba Odulia desde su ventana.
No se sabe si por suerte o por desgracia, pero en esta ocasión no hubo que lamentar tantas pérdidas materiales. «Ya tenemos asumido que no podemos guardar nada abajo. Tenemos los sótanos más bien de adorno», señala Marta Junco. Quizás la peor parte esta vez se la llevó el centro educativo de secundaria, ya que el agua alcanzó una altura considerable en el bajo. «Gracias a las bombas que colocamos después de la riada del 2010 no tenemos que lamentar males mayores. El suelo del gimnasio está muy deteriorado, pero el material y el mobiliario pudimos salvarlo en gran medida», explicó el director del centro, Agustín García. Otras zonas que habían sufrido graves consecuencias anteriormente, como la piscina municipal y el polideportivo, han tenido la suerte de salirse del cauce de la crecida esta vez.
Abandonando el concejo de Parres, Cangas de Onís ha sido otro de los más castigados. Argayos, socavones, roturas de caminos y hasta peligrosos desperfectos en viviendas completan el resumen de daños tras cuatro días de emergencia. Además del Sella, el Güeña ha sido también un claro enemigo para los pueblos cangueses, además de pequeños afluentes que parecían cobrar protagonismo. El Ayuntamiento se apura en restablecer todos aquellos desperfectos pero, aunque el equipo de gobierno es consciente de la necesidad de tomar medidas ante la dramática situación de algunos vecinos, el ajustado presupuesto municipal obliga a elegir a la hora de reparar. El alcalde, José Manuel González, destaca especialmente el caso de una señora mayor, a la que el temporal arrancó el tejado de su vivienda y que se encuentra realojada en las escuelas municipales. «Ésa no es forma de dar cobijo a nadie, necesitamos buscarle un lugar mejor, pero nuestros escasos recursos limitan la tarea», reconoció el regidor.
Si duda, uno de los núcleos más afectados fue Triongo. El agua llegaba hasta la cintura en algunas viviendas y el río continuaba en su afán por comer terreno a las fincas. Las visitas de los políticos de todos los colores se sucedieron en el pueblo, ante la mirada de unos vecinos que lo que menos necesitan son palabras. «Se acordaron de Santa Bárbara ahora que tronó, pero como ya escampó a ver donde quedan las promesas», bromeaba José Luis Rodrigo.
El Oriente desbordado
Lo impresionante en esta ocasión no fue tanto la cantidad de agua, sino el tiempo récord que tardó en subir el caudal. «En menos de dos horas pasé de mirar por la ventana y no ver el agua a estar casi a la altura de la carretera», recordó María José Montoto. «Vivimos histéricos mirando al Sella en cuanto llueve un poco más de la cuenta. Es fundamental que se encauce el río con la limpieza del mismo. Hasta entonces tendremos que sufrir estas inundaciones», añadió.
Peñamellera Baja, Ribadedeva, Llanes, Amieva, Cabrales y Ribadesella también han sufrido la devastadora crecida de los ríos. Una vez más el agua arrasó a su paso con caminos, parques, cosechas y hasta abrió un boquete en el muelle riosellano. Pero una semana después todo queda ya como una amarga anécdota. Ahora sólo queda esperar a «que no se repita», como esperaba el joven Martín Romero.