La ministra de Fomento, Ana Pastor, resignada con que el AVE que debería llegar a Gijón amarre temporalmente en Pola de Lena (cuidado con lo provisional, que después se hace eterno y nadie levanta la voz), no es que perciba Asturias como un territorio comanche ni como una tribu enemiga sino que, sencillamente, Asturias le importa un pito. Jamás se hubiese atrevido a sugerirles a los catalanes que el AVE iba a morir a cincuenta kilómetros de Barcelona, ni a advertir a los andaluces que era muy complicado llevar la alta velocidad hasta el corazón de Sevilla, pero las legendarias tragaderas asturianas, ese marcharse la fuerza por la boca que se advierte en los bares en que «se prohibe blasfemar y ser grandón», han permitido a la titular de Fomento, médica de profesión, aprovecharse de la anestesia psicológica asturiana y sacar el busturí con una delicadeza más propia de un leñador que de una golondrina. El estado natural de Asturias es, para algunos ministros de este Gobierno y del anterior, de los gabinetes de Rajoy y de Zapatero, la postración y, echando mano de los mitos malévolos de las prejubilaciones y las subvenciones, nos dan por las posaderas sin que se oigan oiga un lamento.
Somos un pueblo bravo en su ADN, pero vivimos en una especie de síndrome de Estocolmo que envalentona y estimula a los gobernantes nacionales a decirnos que no de modo sistemático, negación de la que se enorgullecen porque con élla justifican su honradez política, su no andarse con cataplasmas y su concienzudo cortar por lo sano. Si otro ministro, el de Industria, el canario José Manuel Soria, se ha cargado de un plumazo el futuro de las cuencas mineras (hurtarles el dinero ya comprometido para los planes de reindustrialización es dar el descabello al futuro de decenas de miles de asturianos), y aquí se sigue cantando 'Asturias, patria querida' en los atardeceres del invierno, actuamos como esas putas imaginarias que no cobran al cliente y, además, ponen la cama.
No niego que me gustaría escribir unas líneas muy distintas a éstas sobre Ana Pastor, cuyo rigor y sentido común elogié, en sus tiempos de ministra de Sanidad, en un diario nacional, por lo que me envió una carta muy afectuosa que aún conservo. Pero uno no se dedica ni pretende recibir parabienes, sino decir la verdad: reconocer lo que merece aplauso, censurar lo que es afrenta y, en todo caso, alentar modestamente a que se rectifique cuando, como en este caso del AVE asturiano, un miembro del Gobierno ha metido la pata. Dejar el AVE en Pola de Lena es una especie de 'coitus interruptus' ferroviario, un peligroso apearse en marcha sobre las vías en estos tiempos dolorosos en que no está el horno crematorio para bollos, ni el lisiado para tafiletes, ni el agonizante para tafetanes.
En nombre de la crisis se están cometiendo muchas tropelías, además de indecentes discriminaciones, cuando lo cierto es que la pescadilla se muerde la cola: si no hay infraestructuras, no hay progreso; si no hay desarrollo, no hay empleo; si persisten los caminos de cabras, la apertura de Asturias al mundo no pasa de ser una leyenda medieval. Me temo que, como el proverbio árabe, cuando el dedo unánime de Asturias señala a la luna, algún miope moral se limita a mirar hacia el dedo.
Usted, señora ministra, debe venir a Asturias cuanto antes con papeles y plazos, con compromisos sólidos y sin palabrería electoralista. Debe venir a desenredar, con luz y taquígrafos, la trama del AVE asturiano, que está derivando en una pesadilla. Debe venir a dar la cara, que es algo que esperamos los asturianos de su probada rectitud, emborronada ahora por el kafkiano anuncio de que Asturias termina -o comienza- en las hermosas tierras del concejo de Lena. Si algún asesor inepto le ha aconsejado las líneas de su política ferroviaria sobre Asturias, céselo cuando antes o, si no puede, asciéndalo: está claro que nos conviene a todos que lo pierda de vista.