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Balada de los cesantes

Oviedo

Balada de los cesantes

13.02.12 - 02:37 -
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La renovación de las listas electorales asturianas (hasta ahora se ha hecho pública la del PSOE, y hay cábalas sobre la aún no oficial del PP) deja, inevitablemente, cadáveres en la cuneta. Y no precisamente muertos anónimos de la tropa del curro, como los que se producirán tras la nueva legislación laboral (si se trata de crear empleo, el tiro ya salió por la culata), sino cadáveres exquisitos y en muchos casos de personas sin oficio ni beneficio que consideraban eterno su atornillamiento a la poltrona. En tiempos complicados en lo económico será difícil garantizarles el futuro a quienes precozmente se atrincheraron en la actividad política pensando que les iba a durar toda la vida. La adaptación a la realidad puede ser una pesadilla, especialmente para algunos que jamás han dado un palo al agua y cuya única habilidad acrobática para permanecer en la cucaña consistía en la adulación y la obediencia, amenizadas con alguna intriga y con ciertas dosis de bravuconería.
No celebro, líbreme Dios, que dos docenas de paisanos míos se vayan al paro, pero lamento que, en sus previsiones, no hayan contado con que el chollo del que disfrutaban se podía desplomar en el abrupto aterrizaje que propicia tal espejismo y tamaña fantasía. Hasta ahora, cuando escuchaban o analizaban o debatían sobre el drama de que en Asturias haya más de 90.000 parados, manejaban la estadística como algo ajeno, eran cifras que recitaban con resignación o con agresividad según el color interesado de su partido. Ahora los parados son, por desgracia, ellos mismos, que se consideraban esforzados en la lucha por el bien común y verdaderos héroes civiles de una batalla perdida. Pobrecitos de mi alma que no siendo, en muchos casos, capaces de obtener una plaza de subalterno en cualquier empresa privada (ni se les pasó por la cabeza el intentarlo), de repente se encontraron con que salían en los periódicos, en la radio, en la televisión, les llamaban señorías, y en las escasas ocasiones en que intervenían en la Junta General del Principado hasta un empleado estaba pendiente de que su vaso de agua estuviese bien servido.
Pienso que deberíamos salir en manifestación en defensa de estos inocentes desahuciados de su menester, de estas lumbreras tras cuya retirada de las listas electorales el sol de Asturias es más mortecino, la luz más tenue, y el fulgor de la inteligencia más fosilizado. Sugiero que los parados les rindan un homenaje de bienvenida a su terrible club, y les enseñen lo que es, cada mañana, comenzar la lectura del diario por las ofertas de empleo, en lugar de hacerlo por las páginas de los dimes y diretes de la política asturiana. Y ya que no les queda una pensión económica, o al menos eso creo, bien podría el parlamento asturiano, mientras suena la balada del adiós, contratar a un psicólogo que les ayude a asumir el trance y a regresar a la calle en que hace mucho frío.
Hace años, José Manuel González, entonces diputado socialista y siempre persona entrañable, me invitó a comer en el Congreso, tras haber coincidido en el avión rumbo a Madrid. A la entrada saludó a un ujier, que era de Campo de Caso, y me lo presentó por la triple coincidencia de nuestra asturianía. Y como el funcionario casín era un coñón, le soltó al diputado: «Sí, hombre, yo también trabajo en el Congreso, pero desde hace treinta años y para toda la vida, y no como ustedes, que cambian cada poco».
Algunos votos perderán los Fernández, Javier y Mercedes, de los allegados a quienes han apeado de la carroza..
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