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De la cuenca a la Taberna 21

Sociedad

De la cuenca a la Taberna 21

Federico Suárez se fue de Casu en 1935 rumbo a Panamá; Fernando Cuenco llegó mucho después

24.03.12 - 00:34 -
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Cuando uno llega a ciudad de Panamá al anochecer, después de casi 10 horas de viaje, siente por un momento -tan breve como horrible- el convencimiento de haberse equivocado y haber aterrizado en Nueva York. El frente de hermosísimos rascacielos iluminados que se refleja sobre las aguas del. ¿East River?, así lo hace pensar hasta que la voz del taxista nos saca del lío: «Bienvenido a Panamá Sity, amigo; de dónde ustede son».
Cuando se lo decimos, suelta las manos del volante y hace como que escancia: «¡la sidra!», grita. Vaya, esto sí que es llegar y besar el santo. «Mucha uva debe de haber por Asturias», asegura. ¿Mmm? Val, compañeru. Nos cuenta entonces que se llama Salvador, que tiene casi 80 años y que su abuelo era de Asturias, de la Cuenca -cuando le pregunto más detalles, se encoge de hombros: de «La Cuenca» y basta-, que vino con su hermano en el siglo XIX, que trabajó con los franceses en la construcción del Canal y más tarde con los americanos. Nunca regresó.
Salvador nos dice que le encantaría ir a Asturias y conocer el lugar de sus antepasados, pero sabe que no va a poder realizar su sueño. «No todos los emigrantes se hicieron ricos, la mayoría llevaron una vida digna y humilde a base de mucho trabajo». Al preguntarle si sabe dónde podemos reunirnos con otros asturianos, nos aconseja que vayamos a La Taberna 21. Al despedirnos se baja del taxi y me da la mano con fuerza. Puede parecer sólo un apretón de manos, pero en ese gesto hay mucho más, y él y yo lo sabemos, es el reconocimiento de una tierra en común que, después de generaciones, sigue tirando hacia algún lugar del corazón.
En una de las paredes de La Taberna 21 cuelga una gran foto de Fernando Alonso con una bandera asturiana. Estamos en el sitio correcto y con la persona adecuada: Fernando Cuenco, del Oriente de Asturias, y que con sólo 32 años, después de trabajar como periodista, dio un giro a su vida y emigró a América donde acabó casándose con una guapísima miss Nicaragua y montando su propia empresa; además, nos presenta a otro asturiano ilustre: Federico Suárez.
Si un hijo te llega a ministro es que has hecho tus deberes como padre bastante bien, supongo. «Que el hijo de un emigrante asturiano que vino con 19 años a Panamá sea hoy el ministro de Obras Públicas del gobierno Martinelli debe de llenarle de orgullo», le digo. Federico es un hombre amable que no aparenta su edad, 76 años. Tiene más acento panameño que asturiano. «Claro que me siento orgulloso de mi hijo Pepe, pero igual que de mis otros tres hijos. Y por supuesto de mis ocho nietos». Su familia es su verdadero orgullo, su mejor trabajo, asegura.
Y como cualquier emigrante de la antigua escuela, de los de antes, cuando todo era más difícil, cuando cruzar el charco era casi un camino de ida sin retorno, Federico lleva a las espaldas una vida de sufrimiento y trabajo. Sin embargo, al final, se encuentra entre los pocos emigrantes que ha cumplido el sueño que un día los empujó a salir de casa. «Con tan solo un empleado y un capital muy pequeño empezamos a trabajar en lo que hoy es un de las empresas más importantes en Panamá, Empresas Maribel, que ahora cuenta con más de 300 empleados y aporta así un granito de arena para el desarrollo del país». Y más: «En 1972 sentimos que paralelamente a esta actividad podíamos desarrollar el negocio de la construcción en la provincia de Panamá. Así nace Constructora Suárez, presidida por mi hermano Ricardo hasta 1986 en que asumí la presidencia de la empresa junto a mis hijos como directivos». Una empresa de mucha plata, me asegura un taxista al que le pregunto si la conoce.
Y todo este emporio nace, de alguna manera, al pie de las montañas del conceyu de Casu, en Bueres, donde vio la luz Federico Suárez en el año 35. Su madre era una maestra zamorana que llegó al pueblo para encontrarse con el campesino Antidio Suárez. Además de Federico tuvieron otros tres hijos. Recuerda que aquellos fueron años muy difíciles: la postguerra, las penurias económicas. Y entonces, como tantos otros, un día se encontraron ante la encrucijada de su vida: marcharse o quedar.
No había ningún afán de aventura en aquella gente, ni ganas de conocer nuevos mundos o nuevas culturas. Sólo el afán de prosperar y mejorar de vida. Y ellos aceptaron el reto. Primero se fue el padre a Panamá para abrir camino y, más tarde, como ocurre con tantos otros emigrantes, si las cosas pintaban bien, ir llevando al resto de la familia. Y, a la vista está, pintó muy bien.
Al despedirnos, Federico me dice que tenemos que quedar un día en Asturias para tomar «algo». Y en ese quedar, en ese abrirte las puertas en cuanto oyen que llegas de Asturias. hay algo muy difícil de explicar que emociona, que te hace sentir -y quisiera no ponerme estupendo, Max- orgulloso de venir de donde vienes y de tu gente.
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Fernando Cuenco dejó su trabajo como periodista en Asturias y se fue a Panamá.

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Federico Suárez.

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