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Don Aurelio, un indiano de libro

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Don Aurelio, un indiano de libro

Emigró de Asturias en 1956 y hoy dirige una empresa que factura 20 millones de dólares

06.04.12 - 03:36 -
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Aurelio Díaz, Yayo para sus amigos y Don Aurelio para el resto, encaja a la perfección con la imagen que uno tiene del indiano: un hombre de procedencia humilde, sin apenas estudios ni preparación y que, emigrado a América, a fuerza de trabajo y privaciones llega a ser una persona respetada y rica. Aurelio cumple con creces el estereotipo y su vida -como se puede comprobar en su libro de memorias 'Yayo el emigrante'- daría para una película de aventuras con final feliz.
Nos recibe a mediodía en su empresa Dimar, encargada de suministrar repuestos para la industria y la maquinaria de todo Panamá. «Dígale a cualquier taxista que lo lleve a Dimar; aquí me conocen todos, hasta el presidente de la República». Y así parece ser.
Don Aurelio se recuesta en el sillón del despacho y nos mira con cierto distanciamiento. De las paredes cuelgan diplomas y retratos junto a la Reina, los Príncipes de Asturias... También una foto del Día de América en Asturias del año 1982 en el que Panamá fue el país invitado. «Al final, por cambios políticos de última hora, cuando ya estaba todo contratado, se vino abajo el tinglado y tuve que pagar de mi bolsillo viajes en avión, la carroza, hoteles. para toda la representación. Por suerte fue el mejor Día de América de la historia», dice enseñándonos orgulloso más fotos.
Aurelio es un hombre de carácter, hecho a sí mismo, y a sus 83 años no necesita andarse con componendas: el día anterior me colgó el teléfono antes de despotricar contra los españoles y decir que si quería algo ya sabía dónde encontrarlo. En un momento pienso que la entrevista se va a acabar antes de haber empezado, pero entonces surgen los lugares comunes de Oviedo donde ambos vivimos de niños, el barrio de La Argañosa, y todo comienza a fluir.
«Cuando estalló la guerra del 36 a mi padre, que era maquinista del ferrocarril, lo cogió en Gijón y la familia quedó dividida: mi madre, mis cuatro hermanos y yo a un lado y mi padre al otro. Al final, gracias a un salvoconducto logramos cruzar a pie por el Monte Naranco hasta llegar a San Cucao de Llanera, donde teníamos familia. Hambre y miseria y miedo. Al acabar la guerra en Asturias había tantos muertos tirados por el Monte Naranco y en el Bocarón de Brañes que propuse a mis amigos ir a registrarles los bolsillos para sacar así algún dinerillo que luego daba a mi pobre madre sin contarle, claro, su procedencia». Al contarlo, Aurelio se emociona. «Ponga ahí que todo lo que digo sobre mi vida es verdad, que nadie puede decir que miento».
Qué hace que un joven en aquella España de postguerra escoja la emigración frente a los que se quedan. En el caso de Aurelio parecía que todo estaba predeterminado. Ya de niño, viéndolo un hombre -que luego con el paso de los años sería el abuelo del periodista Luis José de Ávila- llorar mientras cuidaba las vacas le dijo que de mayor tenía que ir a América. Pero para eso aún tuvo que esperar un tiempo: «Corría el año 45 y empecé a trabajar en el Garaje Rivas de Oviedo cobrando 800 pesetas al mes; un día se presentó un señor -un indiano de Infiesto, el señor San Miguel- con un deslumbrante Cadillac para que le cambiara las cubiertas del 'Aiga'. Debió de gustarle mi trabajo porque me preguntó: 'Joven, ¿le interesaría irse para América?'. Acepté sin dudarlo. El 20 de enero de 1956 subía por primera vez a un avión dejando esposa y dos hijos».
Aurelio tiene una memoria prodigiosa, recuerda las fechas de su peregrinar por América, nombres y anécdotas. Primero fue la República Dominicana y luego, con la revolución de Trujillo, la huída a Puerto Rico dejándolo todo abandonado y por fin, en 1965, Panamá. «Me hice cargo durante siete años de una empresa alemana de rodamientos para una zona que abarcaba desde Argentina hasta Alaska. Tuve que aprender inglés con un manual, y también ruso y griego. Después ya fundé Dimar».
Resulta conmovedor comparar al guaje que aprendió a leer con novelas del Oeste mientras trabajaba de recadero en una farmacia de Oviedo con el Aurelio que luego vendía rodamientos en varios idiomas y montaba esta empresa donde ahora nos encontramos, que factura al año 20 millones de dólares. No le voy a preguntar la razón del éxito porque ya la sé: trabajo, trabajo y trabajo.
Antes de irnos quiero saber si piensa regresar a Asturias como hacían los antiguos indianos. Su respuesta es categórica. «Sólo voy para comer oricios una vez al año. La familia está acá y además no me hallo en España, me da lástima su cultura, una cultura medieval, sin mirar al futuro, siempre la vista en el pasado, un pasado del que sólo se cuenta una de las verdades: además de los muertos de Franco, que fue un horror, yo vi a la checa delante de mi casa en San Cucao mirarle las manos a la gente para ver si no tenían callos y fusilarlos.».
Al despedirnos nos enseña las distintas dependencias de su empresa y me pregunta con aire pícaro. «¿Esto es para EL COMERCIO de Gijón?». Yo antes era del Real Oviedo, pero ahora me he cambiado al Sporting para poder presumir de asturiano frente a los otros compatriotas.» A ver por cuánto tiempo, pienso.
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