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La vida en el lado oscuro

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La vida en el lado oscuro

El allerano Jenaro Fueyo ayuda en una escuela de Guatemala desde que se jubiló

28.04.12 - 00:30 -
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Cuando uno viaja a Guatemala sabe que va a uno de los países más pobres, con mayor índice de criminalidad y las tasas más altas de analfabetismo; pero también a uno de los más hermosos, donde las culturas indígenas están más vivas y la gente es de una amabilidad que desborda. Sin embargo, el turista siempre camina por la realidad social de un país como quien lo hace sobre las aguas del mar, sin atisbar más que una pequeña parte de lo que se esconde debajo. Así es. O así se suele ser a menos que te encuentres con la persona adecuada y te meta la cabeza bajo el agua, obligándote a ver lo que tal vez no querías. Y para eso estaba Jenaro Fueyo.
La casualidad me colocó frente a este allerano catedrático de inglés que, al jubilarse, consideró que ése era un buen momento para echar una mano al mundo. «Vine a Guatemala en enero de 2010 por dos meses y ya llevo más de once en un proyecto educativo».
Lo acompaño al trabajo una mañana muy temprano. Nos subimos a la camioneta que nos lleva de Antigua a Alotenango, a los pies del volcán de Fuego. El volcán está activo. Cada poco expulsa una gran fumarola y de noche es fácil observar las rojas coladas de lava descender por el cono. Jenaro se ríe cuando le pregunto si la gente está tranquila viviendo bajo la bestia. «En este pueblo la bestia es otra. Ya la descubrirás». Aquí es donde se encuentra el proyecto Asociación Bendición de Dios en el que participa. Me explica, mientras los niños se abrazan a él en un gesto que luego veo repetir con otros cooperantes, que a pesar de su nombre es un proyecto laico que se subvenciona con donativos privados. El objetivo es claro de explicar, no tanto de conseguir: escolarizar a niños que, por su situación de pobreza, nunca podrían asistir a la escuela; también ayudar a sus familias con alimentos, muebles, medicinas.
Reconozco que esperaba encontrarme algo., cómo decir, más 'cutre', con críos harapientos y un edificio de chapa a punto de desmoronarse. Algo por el estilo. Sin embargo, lo que veo es una construcción de dos plantas recién pintada, limpia, con numerosas aulas relativamente bien equipadas y unos alumnos aseados y en uniforme que miran con curiosidad y en silencio al recién llegado. Le comento a Jenaro mi sorpresa. «El mérito es de Julio», me dice antes de presentármelo.
Julio César García es un guatemalteco de unos 50 años que está a punto de romperme los dedos al saludarme. Todo en él desprende energía. Hay algo de arrebatado mesianismo cuando explica su trabajo, las necesidades de su proyecto, que acaba por contagiar. Él es el responsable de todo esto. «Empecé hace diez años en una habitación con el suelo de tierra y unos cuantos alumnos. Ahora tenemos casi 400. A base de mucho esfuerzo y llamar a muchas puertas hemos ido creando esto. El edificio lo costeó una ong holandesa, pero nosotros hemos ido equipándolo poco a poco». Me enseña unas dependencias anejas donde están los más pequeños: «Buenos días, don Miguel, ¿cómo está usted?», me saludan cantando a coro; hay un parque con toboganes y columpios y también otro local para impartir clases de «corte y confección a las mamás». Los niños hacen una comida en el centro. Hoy toca arroz con frijoles. Julio me explica que para algunos será la única comida que hagan en todo el día.
Varios jóvenes belgas juegan en el recreo con los niños en la caleya que hay delante del centro. Son voluntarios, como Jenaro. «De Asturias ya recibimos ayudas, pero siempre estamos dispuestos a recibir más y a acoger a cualquier voluntario que quiera venir». Me pasa un correo (www.bendiciondedios.org) donde se pueden consultar las actividades que realiza el centro.
En Guatemala entrar en según qué sitios es jugar con algo más que tus pertenencias. Aquí la vida no vale nada. Pero voy bien acompañado. Me van a enseñar cuál es la realidad social y familiar de los alumnos del centro, lo que hay bajo el agua y no se ve... Entramos en la chabola donde vive Noé. Y en la de Álex. Y luego vamos a la de Sandra. Dos camas donde duermen juntos padres y siete hijos. El váter un simple agujero en el suelo fuera de la chabola, apenas cubierto con plásticos. Sin luz, sin agua. Paredes hechas de caña por donde se cuela la lluvia. Dos hermanos con parálisis cerebral y la madre espantándoles las moscas con el mandil.Todo resulta demasiado difícil. Difícil imaginar que los niños que acabo de dejar en la escuela jugando, con su uniforme y sus libretas llenas de dibujos, puedan vivir en estas condiciones. Difícil explicar la sensación de desamparo, tu propia conciencia ejerciendo de acusación. Difícil escribir desde el borde del abismo, aunque el abismo sea de otro, porque por unos momentos lo sientes como propio... Me viene a la cabeza el recuerdo de Gaspar García Laviana y de tantas revoluciones pendientes en América Latina. No es posible tanta degradación y sufrimiento, tanta injusticia.
Ya no levanto cabeza el resto del día. En Antigua, frente a un par de cervezas, le comento a Jenaro que este país, por muchas ayudas que reciba, lo que de verdad necesita es un cambio político profundo y radical... «Sí, totalmente de acuerdo, pero mientras que llega, si es que llega, a estos niños hay que darles de comer y educarlos, darles una vivienda un poco más digna, ¿no te parece?».
Me parece. Y para consolarme quiero pensar en el lado bueno de esta historia, en gente como Jenaro, Julio y tantos otros que están ahí, en el lado oscuro de la vida, ayudando.
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