'Luis Meléndez. Bodegones para el Príncipe de Asturias' no es solo una exposición. Es también un encuentro vital y bellísimo con la historia al que se invita a viajar en el pabellón de tapices de la Quinta Selgas Fagalde, en El Pito, Cudillero, donde ayer quedó puesta a disposición de los sentidos una colección de 26 telas del napolitano hijo de asturianos, cedida por el Museo del Prado. Es también «una puerta abierta» a nuevas colaboraciones con la principal pinacoteca nacional. Así lo advirtió su director, Miguel Zugaza, anunciando una próxima cesión temporal de obra para una segunda cita expositiva en el conjunto arquitectónico de la Fundación Selgas, que «devuelve a la serie de Meléndez su lugar de origen palaciego».
Y a esos orígenes regresa la exposición porque cada uno de los rasgos de los los finísimos y delicados pinceles del creador aporta decenas de datos de una época concreta, la segunda mitad del siglo XVIII. «Constituyen -dice el comisario de la muestra y conservador jefe de las artes fechadas en esa centuria en El Prado, Juan J. Luna- un análisis de cada uno de los objetos presentados» . En ellos el artista, además de «desplegar formidables aciertos técnicos y evidenciar excelentes efectos estéticos, a partir de las tradiciones inveteradas del bodegón español», nos habla de las cerámicas de talavera de la Reina, de la vidriada de Manises o de las llegadas de los virreinatos de América. También de los cristales de la Real Fábrica de la Granja e, incluso de las frutas que nacieron a este lado del Atlántico y de las que vinieron desde la otra orilla. Y ante esa profusión de sutiles datos colaterales a cada obra, son definitivas en ese estudio, dice Luna, amparado en las 26 piezas que explica con mimo y anécdotas las dotes de observación del pintor, «la habilidad a la hora de componer, el dominio de la luz, la expresividad del color, la firmeza del dibujo y una casi obsesiva, precisión en los detalles». Unos detalles que dan, por otro lado, una «visión sincera de lo cotidiano, frente a otro extremo representado por el refinadísimo y esplendoroso arte de la corte». Y es que entre las constantes de la obra de Meléndez está la presencia de una mesa, mellada para más señas de sencillez. Sobre ella compone el pintor todas sus naturalezas, excepto dos que saca fuera de su humilde casa y recrea en pleno paisaje castellano.
Entre todos los bodegones, que permanecerán en la Quinta Selgas hasta el 23 de septiembre y que pertenecen a un encargo de Carlos IV, siendo aún Príncipe de Asturias, hay 15 años de pintura. La más antigua está fechada en 1759 y la última en 1774. 15 años que no suponen, según el comisario, una evolución notable, aunque se puede apreciar en sutiles detalles, como un preciosismo algo más acentuado y una estructura de los elementos más liberada. Se debe esa falta de avance en la pincelada a que Meléndez, que pese al encargo de la corte murió en la total indigencia, «era ya un notable pintor que tenía formado su estilo». Un estilo que «sitúa al bodegón español en un lugar de honor en las artes europeas del siglo XVIII».
La muestra fue inaugurada ayer en presencia de numerosas autoridades. Entre otros, la procuradora general del Principado, María Antonia Fernández Felgueroso; el alcalde pixueto, Gabriel López, y el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes