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El horizonte como objetivo

EL PERFIL: JUAN ATORRASAGASTI LEAL

El horizonte como objetivo

Empezó con 16 años en la tienda de bicis de su padre y sigue con 79 supervisando Marina Yates

01.07.12 - 02:39 -
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Se sitúe donde se sitúe, siempre tiene un horizonte hacia el que mirar. Si vuelve la vista atrás, porque el rastro del largo tramo consumido de vida ha dibujado una línea larga y rica. Y si se gira hacia delante, porque a las puertas mismas de los 80, Juan Atorrasagasti sigue queriendo crecer. Sin detenerse. Sin consentir que el tiempo acerque tanto el horizonte que lo pueda pisar. Y siempre lo ha tenido en perspectiva porque siempre lo ha buscado. Tenía 16 años cuando empezó a trabajar de pinche en el negocio de bicicletas de alquiler de su padre y nunca más ha perdido el paso. Probablemente para castigo de sus herederos, que viven con su mirada, su palabra y su frenético ritmo por encima de su hombro.
Todos los días laborables, a las siete y media de la mañana, indefectiblemente, desayuna en la cafetería del Hotel Alcomar, a escasos metros de donde empezó todo. De aquel pequeño negocio de 60 metros cuadrados en el edificio de los Beltrán en el que su padre, un funcionario del Estado tan inquieto como lo sería después su hijo, alquilaba bicicletas a dos pesetas la hora. El mismo en el que, todavía adolescente, cursando aquel Bachillerato de siete años y reválida, comenzó a ayudar fuera de hora. Aquel que le envenenó laboral y deportivamente. Corría el año 1949 cuando las bicicletas comenzaron a ser sustituidas en su vida por las motos. Eran tiempos de riesgo, en los que las representaciones de aquellos vehículos infernales y peligrosos tenían muy poco eco en Gijón. Pero su padre, gran amante de las dos ruedas motorizadas, apostó por la MV y creó una sociedad con los italianos, que empezaron a fabricar en Gijón 40 vehículos diarios. En la calle Celestino Junquera. En el mismísimo centro del Gijón de hoy. Después vino Avello. Más tarde la austriaca Puch y finalmente la japonesa Suzuki. El germen de una industria local en un espacio de 60 metros que hoy alcanza los 1.500 bajo el rótulo de Motonáutica del Principado.
El run run de la moto
Y aquel run run del motor se metió de tal manera en la sangre del joven Atorrasagasti, que seguía siendo un adolescente cuando comenzó a correr con su inseparable vehículo. La primera vez, su primera vez, fue en Avilés, durante las fiestas de San Agustín de hace 63 años, con un recorrido por el medio de la población que escandalizaría probablemente a más de uno. Pero eso solo fue el principio. Se entrenó, se divirtió, se enamoró de la velocidad, del riesgo, de aquel giro de muñeca que le transportaba a la gloria. Y durante dos años consecutivos, 1954 y 1955, se convirtió en el orgulloso campeón de España en 125 cc. Nunca más se separó de las motos.
Aún hoy acude a trabajar montado sobre su primer gran amor. El que surgió antes de que conociera a su mujer, realizara el servicio militar por aviación y recogiera el fruto, en forma de diploma de perito industrial, de tantas clases nocturnas. Y entonces, cuando todo concluyó al mismo tiempo, cuando la sociedad de 1959 le dijo a aquel hombre de 25 años inquieto, ambicioso e independiente que era el momento de pasar página, se casó. Con la mujer con la que lleva conviviendo 53 años, a la que admira tanto como quiere, tal vez por haber sabido gestionar con tanto amor como inteligencia los espacios propios y los compartidos. Que de todo hay. Como aquellas noches eternas de los años 60 en las que, de madrugada, cogía uno a cada uno de sus hijos gemelos, esos que llegaron de sopetón detrás del primogénito, y les daban el biberón. Él, avispado, escogía al más comilón, pero ambos perdían 15 minutos juntos para disfrutar, también juntos, de dos horas de sueño. Y viajan los dos al mismo sitio, pero también por separado a lugares diferentes.
Porque Juan Atorrasagasti, madrileño de nacimiento, vasco de origen y gijonés de alma, colaboró en casa, pero se hizo la vida fuera. Y no solo porque los negocios coparon su proyecto vital, pasando de las motos a los coches, de los coches los barcos y de los barcos a los puertos, sino porque toda su vida estuvo ligada al deporte, a la actividad. Practicó de todo. Patinaje por Álvarez Baraya, hockey sobre patines, buceo, pesca submarina e incluso fútbol, con su hermano Cristino de portero. Pero incluso para él el tiempo tiene límite. Y tuvo que elegir.
Se quedó con el hockey. Deporte activo, duro, que le ayudó a mantenerse en excelente armonía con los años. Esos que le han tratado con tan exquisito mimo. Que le han permitido hacer lo que más le gusta: conservar una actividad frenética de ocho a diez horas diarias del Náutico a Poniente, de Poniente a El Musel. Los que, a buen seguro, han hecho un trato secreto con él para que, casi octogenario, pueda saborear esa vida que le aleja del tranquilo deporte de sus amigos de palo y bola. Para que en su tiempo de ocio siegue su jardín. Para que en los ratos libres limpie su piscina. Un pacto que, socarrón, le impele a decir que el golf lo deja para cuando sea mayor.
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