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«Asturias se ve con morriña y frustración»

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«Asturias se ve con morriña y frustración»

La astrofísico gijonés Bruno Sánchez-Andrade trabaja en Washington como director científico de una ONG

07.07.12 - 00:26 -
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«Pasión y determinación». Esa es la cuestión. O más bien el cóctel mágico capaz de trasladar a un chico de Gijón desde el instituto del Piles hasta Washington con escala en Múnich. Bruno Sánchez-Andrade Nuño (1981) estudió Física en Oviedo y Astrofísica en Canarias y pronto se percató de que su destino estaba lejos de España. «Es un largo camino pero se puede hacer. Lo importate es la motivación y perseverar», confiesa hoy, sabedor de que hacer lo que le gusta requiere sacrificios. No se arrepiente. «Estoy orgulloso de llegar lejos y de haber empezado en Asturias».
Claro que ese orgullo a veces se torna en frustración. ¿Por qué? Porque es uno de esos cerebros huidos de Europa a la búsqueda de oportunidades. Lleva ocho años fuera. Porque España rechazó sus opciones para hacer el doctorado mientras el Max Planck de Alemania «me acogió con muchas facilidades y una buena beca» y porque después Europa repitió la jugada. «Al terminar el doctorado, Europa no pudo ofrecerme nada y los EE UU me dieron una muy buena oportunidad de trabajar con satélites y cohetes de la NASA y me fui».
En Washington vive y trabaja este científico que ahora centra sus esfuerzos en acercar y aplicar la ciencia y la tecnología en el mundo de hoy. «Ahora soy director de Ciencia y Tecnología de una ONG nueva y muy pequeña (Global Adaptation Institute, Gain). Se centra en la adaptación al cambio climático y mi trabajo es crear un sistema de medida, abierto y transparente, de vulnerabilidad y preparación para todos los países», explica. Es, sostiene, «fascinante», puesto que le permite aplicar lo aprendido, estar en contacto con expertos de todo el planeta y también viajar. «En los últimos meses estuve en una conferencia científica en Arizona, en otra de las Naciones Unidas en Río de Janeiro y también di charlas para el Banco Mundial, embajadores y presidentes de empresas». Está encantado. Entre otras razones, porque su meta profesional es precisamente hacer lo que hace, intentar cerrar a cal y cal algún día esa brecha entre sociedad y empresas y ciencia y tecnología.
No está tan feliz cuando se habla de España. No niega que le gustaría tener una relación profesional con su país, pero no lo ve próximo. Se duele, además, de las políticas científicas patrias. «Tenemos gente muy buena, tenemos capacidad, pero nos faltan piezas claves. Las manidas alternativas políticas no incluyen un liderazgo que apueste por la ciencia».
Quizá los españoles deberíamos aprender muchas de las lecciones que él se ha llevado en su periplo vital: «De Alemania me quedo con el aprecio a que las cosas funcionen, las normas se cumplan y se valore a todo el mundo por su trabajo». De Estados Unidos, «el ambiente de innovación y que se te valore por lo que haces, no por lo que eres o de dónde vienes».
Claro que Asturias, esa gran desconocida -«a veces creen que dices Austria»- también tiene lo suyo. Tiene a la familia, a los amigos, la filosofía de disfrute de la vida, unos paisajes fantásticos y una comida de lujo. Tiene la playa de San Lorenzo, Cimadevilla, la sidra y los escalopines al cabrales. Y tiene también sus contras a los ojos de quien mira desde el otro lado del charco: «Asturias se ve con morriña y con frustración. La situación no es buena, pero somos muy buena gente, con mucha capacidad para hacer cosas increíbles. Pero, de alguna forma, parece que tenemos una nube encima de la cabeza que evita que nos movamos para conseguir lo que queremos». No debería ser tan difícil. Bruno tiene el cóctel perfecto: pasión y determinación. Y algo más: «Debemos estar un poco más orgullosos de ser españoles, fuera de ideologías y de partidos. En el fútbol lo podemos hacer, ¿por qué no en otros ámbitos?»
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Bruno Sánchez-Andrade posa junto a la Casa Blanca, en Washington.



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