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«¿Digo la verdad o lo que me dijo mi abogado?»

GIJÓN

«¿Digo la verdad o lo que me dijo mi abogado?»

16.07.12 - 02:38 -
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«Una funcionaria toma declaración a una señora por una pelea que tuvo con una vecina. Le pregunta:
-¿Y usted fue herida en la reyerta?
-No, hija, no. Más arriba de la reyerta. Entre la reyerta y el ombligo».
Los funcionarios del Ministerio de Justicia deben enfrentarse cada día a las situaciones más extrañas e inverosímiles que alguien se pueda imaginar. Entregar una notificación puede convertirse en toda una aventura si se ha de despachar en una casa de citas o en un velatorio. Un desahucio a una familia problemática o un embargo en un 'sex shop' tienen todas las papeletas para acabar convirtiéndose en la comidilla del día o en la chanza de meses. Ignorancia, picaresca, ingenio e ingenuidad son moneda habitual en los Juzgados, una peculiar 'jungla' donde la 'fauna' brilla por su extravagancia.
La gijonesa Beatriz Rato, licenciada en Filología Hispánica, escritora y además oficial de Justicia, es la protagonista de gran parte del centenar largo de anécdotas recopiladas en su última obra, 'Juzgue Usted'. Tras su paso por las sedes judiciales de Granollers, Laredo y Avilés, recaló finalmente en su ciudad natal, donde trabaja en la oficina de notificaciones y embargos. «Muchas veces vives situaciones increíbles que te llevan a pensar: 'Si esto se lo cuento a alguien no se lo creen'», asegura. Después de varios años de recolección de anécdotas entre compañeros de toda España, Beatriz ha conseguido plasmar las situaciones más hilarantes vividas por estos funcionarios con un lenguaje claro y divertido.
Absurdo y escatológico
Dividido en varios capítulos -embargos, juicios, notificaciones, pueblos pequeños, hechos fantásticos...-, 'Juzgue Usted' desgrana la inocencia y la mala fe tanto de las personas que se encuentran en una situación inesperada como la de los funcionarios que deben «comerse el marrón». Así, aparecen situaciones «absurdas y en ocasiones escatológicas», como el hombre que llenó su casa de excrementos de perro para evitar el desahucio o el que se escondió bajo una mesa camilla y comenzó a moverse por la habitación para tratar de asustar a la comisión judicial -una vez descubierto continuó como si no hubiera pasado nada-.
También el que ante el psicólogo del Juzgado intenta responder: «¿Qué le digo, don psicólogo? ¿La verdad o lo que me dijo mi abogado que le diga?»; el ciudadano que asegura vivir en la calle Carlos 'uve' -Carlos V-; la señora acalorada que recibe una notificación para su esposo: «¡Qué susto me ha dado! Es que ahora mismo estoy con otro en casa y al oír el nombre de mi marido...», y el que pide los certificados de nacimiento por docenas al enterarse de que «son gratis». Son personajes habituales con los que estos funcionarios han de enfrentarse a diario.
Quizá el apartado más asturiano de la obra tiene que ver con «esa familiaridad» que se respira en los pueblos. Le piden el carné de identidad a una mujer en una villa donde todo el mundo se conoce «para poder apuntar su nombre» y ella responde ofendida: «¡Qué coño te importa mi nombre, mujer! ¿No te conozco desde que naciste? ¿No sabes de sobra quién soy? ¿No soy Maruja y me conoces de toda la vida, nena?».
Pascualín, el bruto
Aunque no todo son meteduras de pata de ciudadanos anónimos, también los funcionarios pecan muchas veces de pura ingenuidad. Como el recién llegado a Pola de Lena, que se quedó impresionado con las lesiones sufridas por un hombre al caérsele «el Pascualín» encima. Todavía espantado, le comentó a un compañero: «Oye, como aquí os conocéis todos, ¿conoces a Pascualín? Estoy impresionado. Además de muy bruto debe de ser una torre humana para dejar así a este pobre señor». El otro, sin dar crédito, le espetó: «¿Qué Pascualín, hombre? ¿No lo sabes? El Pascualín es un modelo pequeño del tractor de la marca Pasquali». Las chanzas a costa del inocente funcionario duraron meses.
En definitiva, tal y como explica Beatriz Rato, estas situaciones «como poco, de película» son el pan de cada día en el mayor museo del surrealismo y el esperpento que pueda existir, es decir, «la propia realidad».
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