Hay artesanos en la ladera de las montañas y otros bajo la tierra. Todos negros. Unos de la pólvora que marca sus manos tras la descarga de voladores y los otros, los mineros como Andrés Linde y Oscar Argüelles, de la mina Carbonar, encerrados en el Ayuntamiento y artesanos y socios de las peñas El Carmen y La Esencia. Negros todos, como el cielo de Cangas en el día grande de sus fiestas, ayer 16 de julio, 20 horas en punto, con un sol espléndido, una temperatura perfecta y ni una sola nube. Con seis minutos y 25 segundos de Descarga.
Marca la tradición que Cangas es una villa minera y que la virgen del Carmen sale cada 16 de la basílica de Santa María Magdalena hasta la capilla del la Virgen del Carmen de Entrambasaguas, y que justo cuando se encuentra en lo alto del llamado puente romano, de origen medieval, se alce en su honor una salva de voladores que atronará el cielo y el suelo de la villa. Duró ayer esos 6 minutos largos que supieron a gloria, primero disparados y después lanzados a mano durante tres minutos y cuarenta segundos por un ejército de tiradores y apurridores (400 de cada), que sin más guías que su destreza siguieron a las máquinas. 60.000 voladores subieron al cielo cangués.
Cada uno, en este pueblo, sabe por qué tira. Como otros sabrán por qué corren delante de un toro. No hay una razón única, aunque sí las haya compartidas. Los artesanos, la asociación masculina encargada de tirar los voladores el día grande, lo hacen también por Luis Azcárate, que perdió la vida hace ya 2 años mientras disfrutaba de sus fiestas. La pólvora nunca deja de ser peligrosa, el mecanismo para encenderla es sencillo: una chispa, un pequeño fuego y sale y explota. Las cuencas, saben bien de esto. En Cangas se vive acostumbrado a la pólvora, a su olor, a su emoción, a sus entrañas. Por eso, porque es una emoción que se pega a lo más hondo de cada uno, cada uno sabe por qué tira. Muchos por los mineros, porque son mineros, porque son hijos de mineros, porque son cangueses, porque el centro del puente llamado romano, colgado sobre las maderas que marcan el lugar donde ha de pararse la virgen, hay un crespón negro. Porque Joaquín Pixán, pregonero de las fiestas entonó 'Santa Bárbara Bendita' junto a los mineros que permanecen encerrados en el ayuntamiento. Porque cientos de artesanos, de miembros de las peñas del Carmen, desfilaron con un crespón negro.
No se perderán las fiestas. Se mantendrá la tradición si la ley no lo remedia. No hubo este año recortes en voladores, quizás más en copas y caipirinhas, quizás más quejas de la hostelería por el botellón, quizás más vendedores de comida ambulantes sin licencia que jugaban al gato y al ratón con la policía local, que no les dejan vender, pero que no se los quiere llevar detenidos. Los voladores de la Descarga no los paga el Ayuntamiento, ni viven de subvenciones, ni se aferran a los vientos caprichosos de la política. Los voladores los pagan los artesanos, el pueblo, son de ellos la pólvora y el riesgo. Cada uno sabrá por qué tira y en que piensa cuando se lanzan a mano los voladores y las máquinas empiezan a vomitar su carga.
A escasos metros de los artesanos, cientos, miles de explosiones que podrían acabar con cualquiera, por más alto y fuerte que sea. Algunos se protegen con cascos, no les aliviará más que la inoportuna caída de una vara, otros se tapan con las mismas cajas donde previamente habían almacenado la pólvora. Otros, abrazados, saltan sobre el suelo, que tiembla. No se puede explicar con palabras, por eso, la culminación mayestática del estruendo, que alguien definió, es tan importante para este pueblo.
Ya antes, en los minutos previos, la sensación, la espera, se hace carga. Hay siempre quien grita: «¡tranquilos, tranquilos, id despacio!» Y tratando de tranquilizarse el tirador va encendiendo la mecha. El apurridor abraza las docenas de voladores, protegiéndolos de las chipas que salgan de los voladores que encienda el tirador e irá, poco a poco, seguro, dándoselos uno a uno en la mano. Compañeros dando tira. Luego todo irá muy rápido. Entre el humo, las estelas de chispas que provocan los voladores en su arranque.
En esos seis minutos y 25 segundos muchas cosas pasaron ayer por delante. El año que pasó, los que ya no están, los que vendrán y el futuro. «La situación es difícil, no se ve futuro», dice Roberto Collar, artesano, miembro de la Peña La Castaña y minero. «Aquí en Cangas, la mayoría de la gente nos apoya. Fuera es más complicado». ¿Y seguirán peleando? «Hasta que se acabe todo».
Y lo que se acabó fue la Descarga de 2012. Lo hizo sin accidentes ni heridos de consideración. Todo salió bien. Y, al final, todos negros: los mineros negros, las manos de los artesanos negras, el futuro negro, pero la fiesta del Carmen y el estruendo de la descarga, puntuales en Cangas del Narcea.