Los que van entrando al recinto vallado, que ocupa la mitad de la explanada del parque de los Hermanos Castro, lo hacen con una mezcla de curiosidad y ganas de pasarlo bien.
Es la primera vez que el Princi Pride se celebra, con la aspiración, como adelantaba el organizador, Dani Rivera, de convertir a Gijón en «la capital gay del norte de España». Él, que apunta alto, se mueve rápido, como toda la organización, entre los once puestos de los bares participantes, y caracolea entre las mesas de las terrazas. Nadie le tiene cogido el pulso aún a los flujos de gente: el jueves se llenó a partir de las once de la noche (cierra, como tope, a las 3 de la mañana); y ayer, el goteo empezaba a media tarde para una velada repleta.
Entre voluntarios y asistentes -un público variopinto-, aparecen de pronto tres hombres. O no, qué más da: «¿Cómo os llamáis?». «¿Te digo el nombre artístico o el mío, cariño?», sentencia uno, mientras que posa para uno de los teléfonos móviles que se aglomeran a su alrededor. Da igual: «Pues mira, somos: Yogurina Borova (labios negros, peluca, vestido ceñido); Nagore gore (barba blanca, una pestaña pintada de cada color); y Nenita danger». Son las Fellini, y vienen de Bilbao a salpimentar el Princi Pride con sus infladísimos globos bajo los vestidos e imposibles pelucas. Son solo una parte del contingente que viene a condimentar la fiesta: si bien ayer todos esperaban a la traca que completaban La Prohibida, Deborah Ombres y la Terremoto de Alcorcón; hoy les toca a Rossy de Palma, Die Blondinen o Gretta Gargola. Y mañana más.
Dentro se respira fiesta, pero llama la atención, no obstante, que el recinto, aparte de vallado (la entrada cuesta 3 euros) esté tapado por una lona blanca. Un joven, con un jersey fin, gafas de pasta y un discreto pendiente viene, dice, a «ver algo distinto a lo que estamos acostumbrados». Pero también pide que no se mencione su nombre ni aparezca su foto en el periódico.
Es la otra finalidad del evento, como dicen Pablo, Javier, Chema y Koke, que no tienen problema alguno en ser fotografiados. Javier, a quien le asoma una pequeña bandera del orgullo gay, lésbico, bisexual y transexual (el conocido como colectivo LGTB), tiene las mismas expectativas que el primer joven, pero también «para romper con los tabús» y para dar más fuste a una fiesta, la del orgullo gay, que si bien en Madrid o en Barcelona goza ya de carta de naturaleza, en Asturias «apenas se ve». Su amigo Koke apostilla, algo crítico, que en la región «nunca se hace nada» para celebrarlo, y se une en la petición: «Están los bares de ambiente, pero es una buena oportunidad para que se vea más, que salga a la luz».
La organización insiste en el carácter «abierto» de la fiesta, que es el mismo punto en el que incide Javier: «Queremos que aquí venga todo el mundo». Quizás, con eso, un día no sea necesario guardar tanta discreción, o el chaval no tenga empacho en figurar en la foto.
«En Asturias somos de ciudades pequeñas», dicen, «y por eso cuesta más romper» con esos tabús. Finalmente, los cuatro coinciden en «lo positivo» de que los bares se hayan unido y hayan salido a la calle: «Se crea un ambiente muy particular al tenerlos todos juntos a la vez». Al fondo de la carpa, el escenario; y a los lados, las mesas de plástico, de terraza, en la que parejas y grupos, no necesariamente homosexuales, arpovechan los últimos coletazos de la tarde. Luego, la fiesta; y mañana, a las 12 en punto, más. Y ¿después? «Que sea todos los años», pide el chaval anónimo