Rhys y Joe no son, que se pueda decir, unos turistas convencionales. Visten pantalones pitillos, se calzan un rictus serio para las fotos y no han venido en busca de fabada, ni de sidra, ni de Cantábrico: han venido en busca del Euroyeyé.
De hecho, no tienen nada de convencional: por la calle no los reconocen, no los paran, pero los dos chavales (que apenas superan la veintena) son, en realidad, dos de los miembros de The Horrors, una de las bandas punteras del panorama 'underground' británico: su último disco, 'Skying', se colocó en la quinta posición de las listas de ventas británicas, séptima de las escocesas y undécimo en la de discos independientes en Estados Unidos.
Rhys y Joe no están en Gijón por trabajo. Rhys lleva años viniendo al Euroyeyé y este año se ha traído a su compañero de filas para que lo conozca. Rhys, coleccionista de discos y dj, pinchará en el Oasis, una forma de contribuir a lo que, en sus propias palabras, es «una de las mayores citas europeas de este mundillo tan especializado».
Pero lo decía ayer, a pocas horas de que el Euroyeyé echase a andar, en Cleo, una de las tiendas de marcas 'mods' tal y como se entiende hoy día. Y que está a dos pasos de una castiza barbería, a otros dos de una heladería... ¿Por qué funciona algo como el Euroyeyé en un lugar como Gijón?
«Estos acontecimientos», explican The Horrors, que se los recorren puntualmente, «están dirigidos a una red de gente que comparte gustos e intereses. Somos muchos los que celebramos este estilo de música, que va acompañado de pasión y de una forma de entender la vida».
El pegamento que todo lo une no deja de ser, por tanto, la música, «que sigue teniendo la vigencia que tenía en los 60», explican. Solo que sus padres, por aquel entonces, tendrían probablemente la edad que ellos tienen ahora: son la nueva generación de 'mods', los que usan sintetizadores y rematan: «No nos ponemos límites, más que hacer la música que queremos».
El salto generacional había de seguir, ya sobre las tablas de la Plaza Mayor, a las 22 horas, con el concierto que la multitudinaria banda británica DC Fontana y el ex cantante de The Sorrows, el mítico Don Fardon.
Tras la prueba de sonido de la tarde, los DC Fontana caminaban hacia su hotel a descansar un rato: «Llevo dos días sin dormir», anunciaba un exhausto Mark Mortimer, bajista del grupo. Ellos, todo un comando de músicos armados con batería, guitarra, teclados a la vieja usanza y una notable sección de vientos, optaron por un camino distinto que The Horrors: soul rabioso, rayano en el funk, con mucho metal y, sobre todo, ritmo a raudales.
«Supongo que tener una 'big band' en España es tan imposible como en el Reino Unido», se interesa Mortimer: «Nosotros muchas veces perdemos dinero o cubrimos gastos por los pelos», dice, «pero aunque suene a topicazo, esto es lo que nos gusta hacer. Así es como creemos que tiene que sonar».
Está agotado porque acaban de llegar a la ciudad y, «por desgracia», hoy mismo partirán. No sin antes haberse llevado «una alegría», como dice Mortimer, «como es la de acompañar a un grande de la talla de Don Fardon en el escenario. No sé, es muy majo y se pone a contarte historias de cuando cantaba en The Sorrows. Cuando coincidió con los Beatles, vaya», remata con una sonrisa y un arqueo de cejas.
Tras apenas un par de ensayos («Dos, dos», subraya el bajista) llegaron a la conclusión de que habrían de tocar ellos un bloque de sus temas y, a continuación, recibir en escena a Fardon.
Fardon, que vive en el sur de España, se quedará en el Euroyeyé: los temas de The Sorrows sonarán el próximo domingo.
«El resultado», comenta Mortimer antes de despedirse, «es fantástico porque los temas de Don estaban orquestados originalmente. Recuperar la sección de vientos para la ocasión es un lujo», dice. El grupo de multiinstrumentistas, compositores y entusiastas se pierde por las calles de Gijón. Otros turistas accidentales, numerosos y de todo menos convencionales.
Volverían, ya frescos y cambiados, unas horas después, cuando Fardon los estaba esperando. Sonriente, locuaz y ataviado de traje negro y corbata roja, al filo de los 69 años, se recostaba en el pequeño camerino: «No sé qué es eso de jubilarse. Aunque ahora en vez de whiskys, un chocolate caliente y a la cama...»
Una banda «maravillosa», una noche bulliciosa y de temperatura perfecta y ganas irrefrenables de lanzarse. «Dos ensayos», repite Fardon. «Tocar madera y listo: Por Dios, que The Sorrows estábamos tocando punk once años de que se inventara. Conservar ese lado salvaje», se despide, «es lo que mejor se nos da». Dicho y hecho: el Euroyeyé había vuelto.