Los selleros invaden Ribadesella desde el pasado miércoles masivamente, pero algún que otro adelantado ya se hizo ver por la villa desde el lunes. Son generalmente jóvenes, de entre 18 y 30 años, y llegan a la capital de la fiesta de las piraguas con el único propósito de disfrutar del buen ambiente y pegarse una buena juerga. La prueba deportiva, motor principal de esta celebración, no les atrae demasiado. Las tiendas de campaña y las bolsas de plástico cargadas de munición son su seña de identidad y, a pesar de venir cargados, ya se han adaptado al que será su hogar durante los próximos días.
Las zonas de acampada oficial delimitadas por el Ayuntamiento, El Malecón-Instituto y Prau de San Juan-La Mediana, completaron el 50% de su ocupación durante la jornada de ayer. Los adelantados celebraban que el tiempo se está portando y destacaban que el número de campistas parece inferior al de otros años, algo que no parecía molestarles. Se quejaban, algunos, de que «se está terminando con el espíritu de esta fiesta», ya que han tenido que sufrir en sus carnes los desalojos que la Policía Local ha llevado a cabo a principios de semana en las áreas con prohibición expresa para la acampada.
Desde Oviedo llegaba el lunes un grupo de habituales de las piraguas. El disgusto no les amargaba la fiesta pero sí que se esforzaban en recordar su malestar por haber sido desalojados. «Llegamos el lunes y entramos aquí, al prau San Juan, porque sabemos que es la zona habitual de acampada, pero nos sacaron», explicaban ayer. «No entendemos por qué están intentando acabar con la llegada de gente, porque sería mucho más positivo para el pueblo que estuviéramos aquí durante toda la semana. La semana del Sella», consideraron. Rafa, Juan, Chiscu, Igor, Mario, Pablín, Sara, Aitor, David y Huguín valoraron que el problema está en que «a la gente mayor le da envidia que los jóvenes nos podemos divertir».
El atractivo de las piraguas es para los selleros «el buen ambiente que se respira». Ellos, que lo viven desde dentro, y que suelen repetir por muy lejos que vivan, no opinan que haya altercados ni malos rollos, por lo menos no demasiados. «Vengo a esta fiesta desde pequeña y siempre me lo pasé genial, a la vista está que siempre traigo amigos para que lo conozcan. Sin duda lo mejor es el buen ambiente», relató Ana, de Oviedo, que este año está acompañada por Saray, Noé y Bea, tres gallegos con muchas ganas de fiesta. Mientras unos peleaban ya con una dura resaca post fiesta, otros se esmeraban en colocar los amarres de sus tiendas. Marta, Rocío, Edu, Adrián y Nacho pasaron su primera noche del Sella en un camping llanisco, porque leyeron que no se podía acampar en Ribadesella hasta ayer por la mañana. «Preferimos hacerlo así, para no quedar tirados una noche», explicaron. Estos madrileños no tardaron demasiado en quedar instalados, «ya tenemos práctica, nos encanta acampar y sobre todo en esta fiesta». Los servicios facilitados por la organización les parecen «suficientes» pero reconocen que «llega un momento del fin de semana que es imposible acercarse». «Ya no es problema del Ayuntamiento ni de la limpieza, es que la gente es muy poco cuidadosa», señalaron.
A la prueba deportiva, el Descenso del Sella, hay muchos que no le ponen ni fecha. «Creíamos que era el domingo», bromeaba un grupo de castellano leones. Germán, José, Javi, Roberto, Adrián, José y Rubén, asiduos de la fiesta de las piraguas, ironizaron también con su propia ubicación en la acampada sellera. «Hemos cogido el mejor sitio, primera fila para ver la llegada de los palistas», dice.
Ribadesella no es tampoco destino único para los selleros. Hay algunos que planean quedarse en la villa sólo dos días, para después trasladarse a Arriondas y disfrutar del festival Aquasella. Es el caso de los amigos Alberto, Miguel, Pedro y Javi, que eligieron como ubicación la zona de El Malecón. «Hemos vivido la fiesta en los dos sitios y nos ha parecido buena idea disfrutar ambos este año», aseguraron.
Un total de 25 personas vigilan las acampadas y se hacen cargo del bar instalado en el recinto de San Juan. Aunque los responsables admitían ayer que «la venta aquí no es muy llamativa», ya que los campistas suelen traerse su propia bebida, lo cierto es que tienen la despensa cargada. 150 cajas de sidra, 200 de cerveza, 80 de refrescos, 1.400 bocadillos de tres variedades diferentes y algo más de 2.500 bolsas de hielo. Todo está dispuesto y nada está cerrado. Hoy Ribadesella se prepara para recibir al mayor número de selleros.