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El Creoula, obligado a cambiar de rumbo

Asturias

El Creoula, obligado a cambiar de rumbo

El viento y la mar contrarios hacen que el capitán del velero decida renunciar al destino de Santa María

11.08.12 - 01:16 -
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A los marineros, aquella broma les torció el gesto. Ocurrió en Ilhavo, durante la recepción que el alcalde de la ciudad, José Ribao, tributó a los asturianos que forman la expedición a Las Azores de la Universidad Itinerante de la Mar (UIM). El político era una suerte de Jim Carrey entusiasta, compañero del hoy comandante del Creoula durante un curso de Escuela Naval. Valiéndose de esa confianza, se dirigió a los estudiantes y les incitó a la rebelión. «La misión más importante de un buen alumno es enseñar bien a su profesor, por eso de vez en cuanto debéis faltar a clase, para que el maestro se de cuenta de que vosotros sois los importantes y sin vosotros nada tiene sentido», comenzó. «Os propongo un problema, difícil, a ver cómo lo resolvéis: se trata de convencer al comandante para no zarpar hoy domingo, y que se quede un día más para que el velero puedan seguir viéndolo los que vienen al Ílhavo Sea Festival».
A los marineros, aquella broma les torció el gesto porque con los planes que hace el comandante sobre una travesía no se juega. Da mal fario. El comandante Nuno Cornelio, más diplomático que su gente, tomó la palabra en la ceremonia para recordar que «la ecuación de que la velocidad es igual a la distancia partido del tiempo la aprendimos juntos en la Escuela y sigue siendo implacable, por eso, debemos zarpar». La anécdota ocurrió el domingo, pero sus consecuencias no acabaron de comprenderse hasta ahora.
Viernes, 10 de agosto. El rumor que comenzó a circular a última hora de la tarde se ha confirmado, y aún podría empeorar. El Creoula no ha encontrado los favores del viento desde que abandonara la costa lusa. Los primeros días, una calma mediterránea obligaron a tirar de motor y dejar el paño recogido. Cuando el anemómetro procuró alguna noticia lo hizo para empeorar. Hemos pasado la mayor parte del tiempo recibiendo viento constante por la proa y nuestra navegación se ha visto ralentizada al punto de que ayer el comandante tomó una decisión. «La llegada que estaba prevista a Santa María el día 11 a las nueve de la mañana se nos retrasa a esa misma noche. La velocidad necesaria para alcanzar el destino en tiempo sería de cinco nudos, pero estamos navegando a 3,5 y nos quedan aún 250 millas». Cornelio da Silva comunicó las circunstancias a la Base Naval de Alfeite (Lisboa) y recibió el premiso para mudar de rumbo.
El lugre amaneció ayer con el rumbo renovado en San Miguel, pero, de nuevo, viento de proa con fuerza cinco, y olas desde el Oste. A las 7.38 el navío apaga los faros de navegación, dada la claridad del día. Está de guardia el teniente Guimaraes que observa con preocupación el flamear de las velas. El motor asemeja en potencia al de un camión, lo que le convierte al navío en una cafetera cuando todo se le pone en contra. A toda máquina el Creoula seguía castigado en los 3,5 nudos de velocidad, mucho esfuerzo para poco rendimiento. El anemómetro informa de que el viento pega con 25 nudos de velocidad en contra, pero esto es un bacaladero construido para vérselas con las aguas de Groenlandia y Guimaraes ha decidido que ya está bien y que si de lo que se trata es de pelear, que así sea.
La recta es la distancia más corta entre dos puntos en tierra firme, pero en un velero donde los tenedores bailan sobre la mesa al son de las olas, todo cambia. «Vamos a hacer lo único que podemos», anuncia Guimaraes y entonces ordena cambiar el rumbo primero, ajustar las velas después. Se trata de llegar a destino con una ceñida clásica, zigzagueando para poner al viento mínimamente de nuestro lado. «La vela es la manera más lenta de llegar a un sitio donde no tienes nada que hacer», comenta, lacónico, el estudiante Jaime Arístegui. Amurados a estribor, el paño se empieza a tensar al recoger las ráfagas. Abandonando la línea recta, el Creoula coge brío y se pone en los siete nudos de velocidad. «Paren la máquina», ordena el comandante. «A esta velocidad, ya no aporta nada, sólo sirve para gastar combustible», explica el cadete Idris Sabali. Calma para un buen rumbo.
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