Puestas en fila, una tras otra, al pasear por la margen de la ría en la zona de San Juan de Nieva pueden verse decenas de cañas de pescar, inertes, a la espera de que algún pez dé el tirón que sus dueños llevan esperando horas. Algunos se acercan hasta allí por afición, otros solamente por pasar la tarde, pero todos se sientan con paciencia bajo el sol sin perder la esperanza y deseando volver a casa con algo fresco para la cena. Aunque la cantinela más oída mientras se pasea entre ellos es aquella de «aquí poco se pesca, aparte de aburrimiento», por mucho empeño que cada uno le ponga a la faena. A uno de ellos, apoyado en su coche y con dos cañas en el agua, se le nota en la cara que las horas sin recoger nada le han pasado factura y lo único que ha conseguido pescar hoy es bronceado. Mañana volverá a intentarlo, hay que aprovechar el buen tiempo.
Sin embargo, Jesús Suárez, otra caña más en la fila, es más honesto consigo mismo y reconoce que «no pesco mucho, pero eso es porque soy muy malo». Sólo lleva tres años metido en esta afición y no suele venir con mucha frecuencia. Se acerca a San Juan cuando tiene descanso en el trabajo o algún tiempo libre que llenar. Como él mismo dice, «es más un hobbie para venir y pasar los días de sol». Dice que prefiere acercarse hasta aquí «por no estar en casa tumbado en el sofá, así haces algo para pasar el día». Además, opina que también es una forma de buscar relaciones sociales con otros aficionados, en lugar de quedarse viendo la televisión. «Lo que más me gusta de venir a pescar es el ambiente que hay entre los pescadores, porque charlas con la gente y lo pasas bien». La única pega que le encuentra es que, de vez cuando, el lugar está lleno de suciedad. «Nosotros mismos dejamos esto muy sucio», reconoce. «La gente no recoge los desperdicios y ya me dirás tú qué les cuesta, si lo mismo que lo traes, te lo llevas. Eso va en contra nuestra. Cualquier día nos van a prohibir venir a pescar».
Cuatro cañas más allá, Enrique Blanco lleva más años pescando a sus espaldas. Hasta hace poco al menos, ya que ahora confiesa que tuvo un accidente «y ando algo fastidiado». Ahora, con el buen tiempo, se ha decidido a volver. Enrique tiene una queja muy clara: «Nos están cobrando las licencias a precio de oro, todos los artilugios que se necesitan para la pesca son carísimos y no tienes dónde ir a pescar. Enseguida te echan de todos los lados, sólo tienes esto y no está bien habilitado». En su opinión, no existen muchos sitios donde pueda practicar su afición y no entiende porqué no les dejan pescar «en la dársena o en el muelle pesquero cuando no hay barcos».
Pero lo que quizá muchos no sepan es que pescar puede salvar vidas. Juan López, un pescador aficionado de Lugones, acude cada día a San Juan. «Dejo a la familia bañándose en la playa y yo cojo el coche, aparco por aquí y paso la tarde pescando. Habrá que entretenerse ahora que estoy jubilado...». Y una de esas tardes de hace pocos días, mientras Juan pescaba, pudo evitar que un hombre que había acudido allí se quitara la vida, saltó dentro del coche y evitó que los dos cayeran al agua. Él resta importancia a su heroicidad, sonríe y vuelve a lanzar la caña. A ver si esta vez hay suerte.