Los monumentos prerrománicos del Naranco son para los ovetenses «un símbolo, un motivo de orgullo», que todos conocen a la perfección. Sin embargo, casi nadie sabe cuál era su aspecto real cuando se levantaron en pleno siglo IX durante el reinado de Ramiro I. Turistas y asturianos deben conformarse hoy con lo que queda de los edificios construidos por aquel entonces para la corte asturiana.
El Centro de Interpretación del Prerrománico Asturiano organiza este verano distintos talleres. Uno de ellos consiste precisamente en esto: en dar a conocer las transformaciones que han sufrido a lo largo de la historia los monumentos ubicados en la falda del Naranco. Las imágenes sirven como testigo.
La primera representación pictórica de San Miguel de Lillo data de 1846. Una obra del pintor madrileño Vicente Arbiol que adquirió el Bellas Artes de Asturias de manos de un coleccionista privado. En ella, puede apreciarse el templo en su totalidad (hoy ya solo se conserva un tercio) y en un «estado de abandono importante». Una década más tarde, el fotógrafo Charles Clifford plasmó el templo con su cámara fotográfica, dejando para la posteridad una imagen en la que se contempla como el arco de media punta de acceso da paso a un dintel, así como la colocación de un alfiz alrededor de su principal celosía como método de realce y protección. Los cambios no se quedan aquí y pueden observarse aún de forma más clara en Santa María del Naranco.
De enigmática interpretación, el monumento prerrománico «por excelencia» fue construido como palacete cristiano monárquico, siendo de hecho el más antiguo de toda Europa. La fecha de su conversión en iglesia hay que situarla a partir de 857 (donación de Ordoño I a San Salvador de la Villa de Liño) y 905 (donación de Alfonso III en la que se delimita con exactitud el coto de dicha villa). Levantado en el siglo IX sufrió a lo largo de los años numerosas transformaciones. Distintas imágenes de principios del siglo XX dan buena fe de ello.
Las estampas recogen especialmente el anexo gótico, que eliminó Luis Menéndez Pidal a mediados del siglo XX con el objetivo de recuperar la pureza natural del edificio. El guía de la visita, David Estévez, asegura que esto es «al menos motivo de polémica». «¿Debe conservarse como se construyó en su día o poder contar con todo lo que más tarde se fue haciendo y que también forma parte de su historia?». La pregunta está en el aire. Mientras tanto, debemos conformarnos con las imágenes que reflejan una escalinata de triple tiro, de la que ya solo se conservan dos escalinatas laterales, y una espadaña, también derribada. Igualmente, distintas obras del pintor ovetense Andrés Vidau plasman los anexos con los que contaba el edificio, tanto en la cara Norte como en la Sur. Uno de ellos fue la vivienda del cura y otro un acceso adicional con el que contaba el palacio en su día.
Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo ya no son lo que fueron. Sin embargo, este arte prerrománico asturiano, «término en decadencia que debería dejar paso al arte de la monarquía asturiana», explica Estévez, es visita obligada. El tiempo transformará lo que ahora vemos, las imágenes volverán a servir entonces como testigo.