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La muerte de un gigante

Cultura

La muerte de un gigante

La vida de Oscar Niemeyer es inmensa como su país, si algo ha de perdurar para nuestros futuros será su obra

09.12.12 - 01:48 -
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Hay huracanes de sentido que pasan por la vida trasponiendo el caos y creando, en las páginas de lo cotidiano, signos perdurables; huracanes de sentido que nos aclaran y nos reflejan haciéndonos mejores. La vida de Oscar Niemeyer es inmensa como su país de nacimiento, Brasil, y sus 104 años de vida bien vivida algo más que un laberinto longevo y pleno. Amó mucho, como sólo puede amar aquel cuya memoria atesora los versos de Camões, y en su alma multiforme las heridas de su siglo han encarnado. Algún futuro día remotísimo los historiadores intentarán, como nosotros lo estamos haciendo ahora, poner en claro el desastre y el horror del siglo XX: analizarán la I y la II Gran Guerra, las dictaduras de uno y otro siglo, los millones de muertos de hambre, los excluidos y los marginados, la avara sed de sangre del poder. Algún día, como nosotros miramos con perpleja curiosidad las ruinas hititas, alguien estudiará el siglo XX y junto al horror verá la maravilla: cómo la razón se alió con la magia redimiéndonos. Si algo ha de perdurar para nuestros futuros, pienso yo, será la obra de Oscar Niemeyer.
En esa carpeta futura, ¿qué se guardará? El tiempo es el mejor antólogo y elimina lo superfluo dejando sólo, y a veces reducida a ruinas, la clave de lo esencial. La arquitectura de Oscar Niemeyer fue posible gracias al amor. Algún arquitecto amigo, lo preveo, me dirá que no tengo razón y que la magia de las curvas entrelazadas en sus edificios se debe a la geometría y al avance técnico del hormigón; y yo, a ese buen amigo, le digo: no entre aquí quien no sepa poesía.
Brasil, ese gigante económico que hoy a todos sorprende, ha dado al mundo en el siglo del horror alguno de los más claros ejemplos de Arte que construye y se cimenta sobre el amor: la poesía de Manuel Bandeira y Lêdo Ivo, las prosas de Manuel Quintana, la bossa nova de João Giberto, Tom Jobim y Vinícius de Moraes. Ha dado muchísimas cosas importantes y sobre todo una: cómo la humildad no está reñida con la grandeza, cómo es imposible la estética sin la ética.
Oscar Niemeyer -un materialista dialéctico de quien Fidel Castro llegó a decir que «él y yo somos los únicos comunistas de la Tierra»- no abandonó nunca el sueño de construir un edificio sellado a las puertas de la muerte. Su objetivo era darle un poco más de luz a la luz del mundo, combatir con algo más que consuelo el sufrimiento humano. Fue un hombre necesario que los designios de la avaricia no habían previsto; un ser capaz de soñar la ciudad justa, de verla acaso como Moisés de puntillas desde la distancia pero sabiendo que ese brillo lejano era también la sustancia del presente.
Paseo por el Centro Niemeyer de Avilés. Como un ruido sordo que ya no se oye atrás quedan las necias disputas, las enmarañadas razones de quien vive en la maraña. ¿Se puede construir un edificio con luz apenas? Oscar Niemeyer resolvió ecuaciones espirituales que sólo con el compás de la poesía se pueden resolver: más grande que su propia obra su vida nos alcanza por entero. El gran Ferreira Fullar, otro de los poetas claves brasileños, amigo íntimo de Niemeyer, expresó el secreto de su arte de una manera muy clara: «El lema de la arquitectura era que la forma está subordinada a la función. La preocupación fundamental tenía que ser la funcionalidad y la belleza quedaba en un segundo plano. Oscar unió los dos elementos, funcionalidad y belleza, porque, decía, la belleza también cumple una función».
Frente a la arquitectura de ocupación, los ejércitos libres de la arquitectura de la liberación. Oscar Niemeyer, en realidad, sólo llevó a la práctica -esa es su grandeza-un hermoso verso de Novalis: «Quien abraza un cuerpo humano con amor, toca a Dios». El alma humana se convierte así en espacio de lo sagrado y habitable.
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Oscar Niemeyer durante la celebración de su 103 cumpleaños. :: EFE



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