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«El fútbol y las telenovelas son casi una religión para muchos brasileños»

ASTURIANOS EN LA DIÁSPORA

«El fútbol y las telenovelas son casi una religión para muchos brasileños»

Este ingeniero avilesino se estableció en el país de su mujer, Gisele, después de conocerla durante unas vacaciones y quedarse «en estado de shock». Pablo Suárez Rivaya acaba de poner en marcha un negocio audiovisual en Curitiba

13.07.13 - 01:44 -
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Cuando tu abuelo cruza el Océano con 22 años y tu padre nace en Cuba como hijo de la emigración, el mundo no tiene puertas. Y así l o cuenta, en primera persona, el avilesino Pablo Suárez Rivaya, que acaba de montar su propio negocio en Curitiba (Brasil), donde reside desde hace tres años. Pero es que sus dos hermanos (Javier, el mediano, y Jorge, el pequeño) andan por Madrid y California, así que los padres de este trío de emprendedores tiene «más o menos asumido» lo de tenerlos más lejos de lo que querrían.

Sin embargo, la historia de Pablo, que cursó Ingeniería Industrial (especialización en Electrónica y Automática) en la Escuela Politécnica de Gijón y que está a punto de terminar Económicas por la UNED después de haber añadido a su curriculum un MBA, está marcada por una mujer: Gisele. La que hoy es su mujer y a la que conoció durante una semana de vacaciones en la que el flechazo fue tal que lo hizo quedarse «en estado de shock» en el país de la samba y la caipirinha. Se habían enamorado. «Y pensamos que íbamos a intentarlo, que merecía la pena». Era el comienzo de una vida juntos en la que Gisele, que es profesora de español, lo siguió durante un año a España para estudiar un máster en el Instituto Cervantes y regresar después, ya juntos, a «un país que ofrece muchas oportunidades si eres detallista y te esfuerzas en hacer las cosas bien».

«El culpable fue Bruno, un amigo brasileño que hice cuando estaba de Erasmus en Suecia», se acuerda Pablo, que ha creado Live One junto con otro socio, una empresa de vídeo «dedicada a unir a las personas» y, de hecho, son los primeros que ofrecen la posibilidad de retransmitir cualquier cosa en directo a través de internet en Curitiba.

Y eso es precisamente lo que él más extraña: «Poder compartir cosas con mis padres, hablar con ellos, aprender de ellos». O lo que viene a ser lo mismo: «En casa del herrero, cuchillo de palo». Pero sabe que están bien porque lo ven «feliz».

En estos tres años, ha podido comprarse un apartamento, «porque son asequibles», y ha conocido la pobreza «de los que no tienen absolutamente nada» gracias a su anterior empleo: dos años dedicados a «enseñar a las personas sin recursos a emprender» que le cambió «la perspectiva» de la riqueza y la pobreza.

En su caso, las claves del éxito profesional han sido tres: «La técnica, que ya tienes como ingeniero; conocimiento de la economía, para saber cómo funcionan los mercados; y la parte política, la habilidad de saber relacionarte con las personas».

Así se desenvuelve en la que es, para él, «la mejor ciudad de Brasil para vivir, la que más servicios tiene y está más desarrollada», aunque «como España no hay nada. Y como Asturias en particular, menos».

«En Curitiba la gente es más cerrada y, aunque el clima es parecido al de allí, la falta de seguridad es un problema. Aquí es peligroso salir por la noche, porque son frecuentes los asaltos a punta de pistola, así que la gente, en vez de ir de bar en bar, se encuentra más en las casas. Casas con familias muy grandes y muy unidas», relata el día a día en un país que se ha visto sacudido por las protestas ciudadanas «después de que la subida del precio del autobús fuese la gota que colmó el vaso, porque lo normal es que los políticos roben». Y, aunque a Pablo le gustaría «que las cosas cambiasen», no tiene mucha fe ante unas movilizaciones, poco a poco, «se desinflan».

Le quedan, eso sí, muchas esperanzas en un país en el que «el fútbol y las telenovelas son, para muchos, casi una religión»: «La gente cargaba contra los gastos en estadios y jugadores». Y otra más: «Que nadie se olvide de que, quien gana la Copa Confederaciones pierde el Mundial». Entre tanto, él no hace planes: «Iremos donde la vida nos lleve». A excepción de uno, el mayor: «Cuando Gisele termine de estudiar, iremos a por el niño. Se llamará Hugo, como mi abuelo».

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Pablo Suárez Rivaya, que ayer cumplió 34 años, y su mujer, Gisele. :: E.C.
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