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«No se puede escribir sin volver a la infancia»

Cultura

«No se puede escribir sin volver a la infancia»

19.08.13 - 01:44 -
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Cuenta José Marcelino García Fernández-Luanco, licenciado en Estudios Eclesiásticos de credo muy libre y colaborador de EL COMERCIO, que la primera vez que se le adjudicó la condición de escritor, fue tras un encuentro casual y una breve charla con Dolores Medio, quien le firmó un autógrafo en cuya dedicatoria se incluía tal apreciación acerca de su incipiente obra. «¡Escritor!», se admira recordando aquella ocasión ya remota. «¡No me lo podía creer!». Al cabo del tiempo, trabó una amistad más cercana a la autora de 'Nosotros, los Rivero', e incluso la sorprendió llevándola en lancha, junto a Sara Suárez Solís, María Elvira Muñiz y Luis Fernández Roces, hasta El Puntal, lugar de donde procedía una rama familiar de la novelista ovetense. «Fue un día mágico, porque coincidió con el Día del Carmen, y parecía que los voladores que subían al cielo en la costa eran para recibirla a ella, que moriría poco después».

Lo que sin duda no concibió en ninguna de esas circunstancias es que transcurridos los años, se le acabaría otorgando el Premio Dolores Medio de Novela 2013, por 'El café de la Marina', compartido ex-aequo junto a Artemio García Fernández, quien ha rubricado por su parte 'Oria'.

Los juegos del destino trazan coordenadas peculiares. Aunque tampoco es ajeno a este asunto el interés manifiesto de José Marcelino García por la figura de Dolores Medio, la cual sirve de modelo inspirador al personaje principal que retrata en las páginas de la creación galardonada.

«Está su perfil, sentada ante la ventana del café de la Marina, cuyas cortinas se descorren para dejar entrar los recuerdos. El pelo a lo garçon, el cuello de cisne, las gafas oscuras... Y las acusaciones que le hacen de roja y machorra, en una época inmediatamente anterior a la Guerra Civil, siendo maestra y seguidora de la Institución Libre de Enseñanza... Pero, claro, las variables son muchas».

Las variables son una historia de amor con un marinero y la evocación de un pueblo innominado que, en todo caso, por su Cristo y otros indicios, plasma el entorno de Candás, «que no Cudillero», bromea refiriéndose a la clásica disputa entre ambas poblaciones por el protagonismo de la novela 'José', de Palacio Valdés.

Que ese sea el ambiente se explica porque «esa es mi experiencia vital, soy hijo, nieto y biznieto de marineros», lo que le lleva a una reflexión acerca de las fuentes que originan el caudal literario, las experiencias vividas o la imaginación. «Yo creo que no se puede ser escritor sin recurrir a la infancia. Tienes que mantener una reserva de ese periodo, un depósito de imágenes y recuerdos, para convertirlos en literatura. A mi me impresionaba todo durante mi niñez, los olores, los colores... Esa sensibilidad se va atenuando con el paso del tiempo y has de volver a ella. La imaginación le da la forma».

Respecto de las formas, alude tanto a la extensión de los textos como a su concepción: «La novela actual ha de tender más bien a la brevedad, superando los 'tochos' clásicos, que tuvieron su razón de ser y siempre estarán ahí. Y en 'El café de la Marina', he procurado también la suavidad, la sutileza, el matiz. Que aunque haya episodios terribles, como los bombardeos del acorazado 'Cervera', sobre el barco atunero en el que el marino recién casado con la maestra huye hacia Francia, no predomine lo despiadado».

En el café, un camarero dialoga con la maestra y cabe advertir que en esa aproximación, al principio reticente y al final, entregada, José Marcelino García, siguiendo las pautas sutiles, dibuja la silueta de un lector. Un bolero los envuelve al amanecer, 'Esta tarde vi llover', de Armando Manzanero. Así empieza la novela, círculo cerrado, perfecto: 'Llovía en la costa'.

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José Marcelino García Fernández-Luanco. :: E. C.



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